La idea era sencilla hasta parecer ingenua. Si algunas personas reanimadas de una parada cardíaca cuentan que flotaron por encima de la camilla y vieron el trabajo del equipo desde arriba, basta con colocar algo visible solo desde ahí. Una imagen sobre un estante alto, orientada hacia el techo, invisible para cualquiera que esté de pie o tumbado.
Entre 2008 y 2012 se instalaron cerca de un millar de esos estantes en las salas de reanimación de quince hospitales de tres países. Se registraron más de dos mil paradas cardíacas. Al final del recuento, el número de pacientes que describieron una experiencia visual estando en una sala con estante fue cero. La prueba no falló: no llegó a realizarse.
Ese resultado, que suele contarse mal en las dos direcciones, es lo más interesante del ensayo. Explica por qué una hipótesis aparentemente fácil de comprobar lleva medio siglo sin comprobarse, y qué haría falta para conseguirlo.
El ensayo en cifras
- Cuatro años de recogida en quince hospitales de tres países.
- Más de dos mil paradas cardíacas registradas durante el periodo.
- Alrededor de trescientos supervivientes hasta el alta hospitalaria.
- Ciento cuarenta entrevistas completadas en la primera fase, y un centenar en la segunda.
- Cerca del diez por ciento de esos entrevistados relató una experiencia compatible con lo que se mide en la escala habitual.
- Ninguna coincidencia entre los casos con relato visual y las salas con estante.
La pregunta que había que convertir en experimento
El relato de salir del cuerpo durante una parada cardíaca aparece en una fracción pequeña pero constante de supervivientes, en todos los países donde se ha preguntado. Casi siempre incluye una perspectiva elevada, la sensación de observar sin ser visto y una descripción del entorno.
Durante décadas, la discusión se sostuvo sobre casos contados después. Un paciente describe un detalle de la sala, alguien comprueba que ese detalle existe y el caso se publica. El problema metodológico es evidente: nadie anotó de antemano qué había que comprobar, la entrevista llega meses más tarde y no hay forma de descartar que la información llegara por el oído, por una conversación posterior o por inferencia razonable de cómo es un quirófano.
La única salida es prospectiva. Decidir antes qué información será imposible de obtener por vías normales, colocarla en el sitio, esperar y preguntar. Convertir una anécdota en una predicción falsable.
La propuesta no era nueva. Desde los años ochenta se venía sugiriendo colocar objetivos ocultos en salas de reanimación, y algunos investigadores lo intentaron a pequeña escala en un solo hospital. Lo que faltaba era el tamaño: un centro aislado atiende un número de paradas insuficiente para que la coincidencia entre un relato visual y una sala equipada llegue a producirse alguna vez.
Los casos anecdóticos que motivaron el diseño
El caso más citado es una intervención de aneurisma cerebral realizada a principios de los años noventa con parada circulatoria inducida, hipotermia profunda y monitorización auditiva mediante tapones con emisión de clics. La paciente describió después instrumentos y conversaciones del quirófano.
Las objeciones que se le hicieron son las mismas que valen para todo el corpus. El relato se recogió bastante tiempo después. Buena parte de lo descrito corresponde a fases de la operación en las que había anestesia pero no parada circulatoria. Y la vía auditiva no queda anulada por unos tapones, porque el sonido llega también por conducción ósea.
Una revisión posterior reunió cerca de un centenar de casos de percepción supuestamente verificada. La propia autora advertía de que casi ninguno contaba con comprobación independiente registrada en el momento, y de que la recogida era retrospectiva. Ese diagnóstico es el que empuja al diseño con objetivos ocultos.
Cómo se diseñó el estudio AWARE
El planteamiento tenía tres piezas. La primera, un registro sistemático de todas las paradas cardíacas ocurridas en las áreas participantes, con hora, duración, ritmo cardíaco y fármacos administrados. La segunda, una entrevista en dos etapas a los supervivientes: una primera de cribado con preguntas abiertas y una segunda, más larga, a quienes referían algún recuerdo.
La tercera pieza era el objetivo oculto. Se montaron estantes en las paredes de las salas donde con más frecuencia se atendían paradas, a una altura tal que la superficie superior quedara fuera del alcance visual de cualquier persona en la habitación. Sobre cada estante se colocó una imagen distinta, orientada hacia arriba, sin que el personal supiera cuál era.
El estudio AWARE se publicó en 2014 y su valor principal no está en el resultado sino en el protocolo. Fijó qué se pregunta, en qué orden, con qué escala se puntúa el relato y cómo se cruza con el registro clínico. Todo lo que vino después parte de ahí.
El embudo: de dos mil paradas a un puñado de entrevistas
La aritmética del ensayo explica por sí sola la dificultad de este campo. De las más de dos mil paradas registradas, sobrevivieron hasta el alta alrededor de trescientas personas, una proporción coherente con la supervivencia hospitalaria habitual en este tipo de eventos.
Esa proporción no es un defecto del ensayo sino la realidad del problema. Las series internacionales que recopilan los organismos sanitarios sitúan la supervivencia al alta tras una parada intrahospitalaria en torno a la quinta parte de los casos, y la de las paradas ocurridas fuera del hospital bastante por debajo. Cualquier estudio que dependa de entrevistar supervivientes arranca ya con el noventa por ciento de la muestra perdida.
De esos supervivientes, muchos no pudieron ser entrevistados: fallecieron más tarde, quedaron con deterioro neurológico, estaban demasiado graves, rechazaron participar o fueron trasladados. Las entrevistas completas de la primera fase se quedaron en unas ciento cuarenta, y las de la segunda fase en algo más de un centenar.
De ese centenar, alrededor de una decena relató una experiencia que alcanzaba el umbral de la escala utilizada, y solo dos describieron percepción explícita de sucesos reales del entorno. Sobre esa base, cualquier prueba con objetivos ocultos parte con un número de oportunidades minúsculo.
| Etapa | Orden de magnitud | Qué se pierde en cada paso |
|---|---|---|
| Paradas cardíacas registradas | Millares | — |
| Supervivientes al alta | Centenares | Mortalidad del propio evento |
| Entrevistas completadas | Poco más de cien | Estado clínico, traslados, negativas |
| Relatos con experiencia puntuable | Una decena | Amnesia, sedación, ausencia de recuerdo |
| Relatos con percepción del entorno | Unidades | Contenido no visual del relato |
| Casos en sala con objetivo oculto | Cero | Ubicación del paciente |
Qué pasó con las estanterías

Aquí está el punto que casi siempre se cuenta mal. Los estantes se instalaron, pero no en todas las áreas donde se atendieron paradas cardíacas. Una parte considerable de los episodios ocurrió en habitaciones sin estante, en pasillos, en unidades de traslado o en salas incorporadas después.
Cuando se cruzaron los datos, ninguno de los pacientes que describieron una perspectiva elevada había estado en una sala equipada. La consecuencia lógica es que el ensayo no aporta evidencia ni a favor ni en contra de la percepción extracorporal: la condición necesaria para poner a prueba la hipótesis no llegó a darse en ningún caso.
Presentar aquello como un resultado negativo es un error de lectura frecuente en la divulgación. Un resultado negativo habría sido un paciente con relato visual detallado, en una sala con estante, incapaz de identificar la imagen. Eso sí habría contado, y no ocurrió.
Hubo además un problema de diseño que el propio equipo señaló después. Si alguien flota sobre una camilla mientras un grupo de sanitarios intenta reanimarlo, lo esperable es que mire hacia abajo, hacia el cuerpo y hacia la gente, no hacia un estante en la pared. Colocar el objetivo en un punto al que probablemente nadie dirigiría la atención reduce la probabilidad de detectarlo aunque la percepción existiera, y esa es una de las razones del cambio de estrategia posterior.
El caso que sí tuvo verificación temporal
El ensayo dejó un caso publicado con detalle. Un paciente de mediana edad describió sonidos y sucesos del entorno durante su reanimación, incluidos elementos del procedimiento que no había presenciado antes de perder la conciencia.
Lo verificable era el momento. El desfibrilador automático emite avisos sonoros a intervalos conocidos, y esos avisos permitieron situar los sucesos descritos en una ventana de unos tres minutos dentro del episodio de parada. Es la primera vez que se pudo acotar temporalmente un relato de este tipo con un marcador objetivo.
Conviene medir bien el alcance. El caso demuestra que hubo formación de recuerdo durante el periodo de reanimación, algo ya interesante desde el punto de vista neurológico, y que la información pudo llegar por vía auditiva. No demuestra percepción sin órganos sensoriales, y sus autores no lo plantean así.
Lo que sí abre es una pregunta fisiológica seria. Durante una parada cardíaca sin flujo sanguíneo eficaz, la expectativa clásica era que no se formaran recuerdos en absoluto, porque la consolidación exige un funcionamiento que el cerebro no debería tener sin oxígeno. Un recuerdo situado dentro de la ventana de parada obliga a revisar esa expectativa, y es el tipo de dato que conecta con lo que la medicina de reanimación viene documentando sobre la conciencia en el proceso de morir.
La escala con la que se puntúa un relato
Para comparar experiencias hace falta una regla común. La herramienta estándar desde principios de los años ochenta es un cuestionario de dieciséis elementos agrupados en cuatro bloques: cognitivo, afectivo, perceptivo y trascendental. Cada elemento puntúa de cero a dos y se establece un umbral por debajo del cual el relato no se clasifica como experiencia cercana a la muerte.
Esa cuantificación es lo que permite decir que un porcentaje concreto de los entrevistados tuvo una experiencia, y compararlo entre estudios. También permite algo menos comentado: separar los relatos con contenido perceptivo del entorno, que son los únicos relevantes para una prueba con objetivos ocultos, del resto, que son mayoría.
Ese mismo instrumento se usa para comparar los relatos con los que producen otras situaciones, como se detalla en la revisión de los métodos con que la medicina aborda estas experiencias.
La segunda fase: tableta, auriculares y actividad cerebral

La continuación del proyecto, publicada en 2023, cambió el planteamiento en un punto clave. En lugar de colocar el objetivo en la sala y esperar a que la parada ocurriera allí, el equipo llevaba el objetivo consigo. Una tableta situada sobre la cabeza del paciente mostraba una imagen durante la reanimación y unos auriculares reproducían una secuencia de palabras.
Se añadió además registro electroencefalográfico y medida de oxigenación cerebral durante las maniobras. El hallazgo que más atención recibió fue ese: en una parte apreciable de los pacientes aparecieron periodos de actividad eléctrica cerebral de aspecto casi normal, con bandas de frecuencia asociadas a procesos cognitivos, en momentos avanzados de la reanimación.
Sobre los objetivos ocultos, el resultado fue de nuevo escaso. Ninguno de los entrevistados identificó la imagen mostrada, y el número de entrevistas válidas, menos de treinta en total, resulta demasiado pequeño para concluir nada sobre el estímulo sonoro. El dato electrofisiológico, en cambio, sí abre una línea de trabajo concreta y conecta con lo que se sabe del cerebro privado de oxígeno.
Las limitaciones que reconocen los propios autores
La lista es larga y está en los artículos, no en las críticas externas. La supervivencia es baja, y cada punto de supervivencia perdido reduce la muestra. La sedación y los fármacos empleados en la reanimación producen amnesia, de modo que un porcentaje desconocido de experiencias existió y no se recuerda.
El intervalo entre el episodio y la entrevista introduce contaminación: el paciente ha hablado con familiares, ha visto la habitación despierto y ha reconstruido lo ocurrido. La colocación de los objetivos depende de dónde ocurra la parada, algo que nadie controla. Y hay un sesgo de participación difícil de medir, porque quien ha tenido una experiencia intensa tiende a aceptar la entrevista más que quien no recuerda nada.
Reconocer todo eso no debilita el trabajo. Es lo que lo distingue de la literatura anecdótica, que no suele enumerar sus propios puntos ciegos. Los organismos de investigación biomédica, entre ellos los institutos nacionales de salud estadounidenses, financian precisamente estudios que declaran así sus límites.
Un antecedente menos citado
Antes de estos ensayos hubo al menos un intento prospectivo serio, realizado durante cinco años en una unidad de cuidados intensivos británica por una enfermera que trabajaba en la propia unidad. Colocó símbolos sobre la parte superior de los equipos de monitorización, en posición visible solo desde arriba, y entrevistó sistemáticamente a los pacientes reanimados.
Ningún paciente con relato de experiencia extracorporal estuvo en condiciones de ver los símbolos, y ninguno los identificó. El estudio recogió en cambio un caso en el que un paciente describió aspectos de su reanimación que se compararon con la historia clínica, con resultados discutidos desde entonces.
La lección de aquel trabajo, repetida después, es que la limitación no es de instrumentación. Es de números: se necesitan muchos hospitales durante muchos años para reunir un puñado de oportunidades reales.
Qué demostraría un acierto y qué demostraría un fallo
Conviene fijar de antemano el valor de cada desenlace posible, porque después es fácil moverlo. Un acierto limpio, un paciente que describa correctamente una imagen elegida al azar, colocada fuera de su campo visual y desconocida por el personal presente, sería un dato de primer orden. Obligaría a explicar cómo se adquiere información sin los órganos que la adquieren, y no habría forma cómoda de esquivarlo.
Un fallo, en cambio, demostraría bastante menos de lo que suele decirse. Podría significar que no hubo percepción, o que el paciente no miró hacia ahí, o que la atención en un momento así no se dirige a un estante, o que el recuerdo no se consolidó. Los desenlaces no son simétricos, y una hipótesis que solo puede ganar es una hipótesis mal planteada.
La salida razonable es acumular oportunidades: más centros, objetivos que acompañen al paciente en lugar de esperar en la pared, entrevistas más rápidas y registro cerebral simultáneo. Es un programa lento y caro, y es el único que produce datos comparables. Nada de esto sustituye la valoración de un profesional sanitario ante un caso concreto.
Preguntas frecuentes
¿El estudio demostró que las experiencias cercanas a la muerte son reales?
Demostró que los relatos existen, que se pueden recoger de forma sistemática y que en al menos un caso pudieron situarse en el tiempo dentro del episodio de parada. No demostró percepción sin sentidos ni conciencia separada del cuerpo, y sus autores no afirman lo contrario.
¿Por qué no se pusieron imágenes en todas las salas?
Por coste, por logística y porque las paradas cardíacas ocurren en muchos sitios impredecibles: pasillos, salas de pruebas, ascensores, plantas convencionales. Cubrir todos los puntos posibles de un hospital es inviable, y es justamente la razón por la que la segunda fase optó por llevar el objetivo encima del paciente.
¿La actividad cerebral registrada durante la reanimación explica los relatos?
Es un candidato serio, pero de momento es una correlación general y no una explicación de casos concretos. Que aparezcan patrones eléctricos compatibles con procesamiento cognitivo indica que el cerebro no está simplemente apagado, lo que hace más plausible la formación de recuerdos. De ahí a explicar el contenido concreto de un relato queda un trecho largo.
¿Se han hecho intentos parecidos en otros países?
Sí, con diseños prospectivos en unidades de cuidados intensivos y servicios de urgencias de varios países europeos. Todos chocan con el mismo cuello de botella: pocos supervivientes, menos entrevistas y muy pocos relatos con contenido perceptivo verificable.
¿Qué diferencia hay entre este trabajo y los testimonios recopilados en libros?
El orden de las cosas. Aquí se decide antes qué se va a comprobar, se registra el episodio con datos clínicos y se entrevista con un protocolo fijo. En la recopilación de testimonios, el caso llega ya contado y la comprobación viene después, cuando la información ya ha circulado. La diferencia se aprecia bien al comparar con los relatos recogidos por la vía habitual.
