Cómo la medicina moderna estudia las experiencias cercanas a la muerte

Durante buena parte del siglo XX, las experiencias cercanas a la muerte pertenecían casi por completo al terreno de la anécdota personal, del testimonio religioso o del relato transmitido de boca en boca. Hoy, en cambio, existe todo un entramado de investigación médica y psicológica formal dedicado a estudiarlas: universidades, hospitales, revistas científicas revisadas por pares y escalas de medición estandarizadas. Entender cómo se llegó hasta ahí ayuda a distinguir, con claridad, entre el fenómeno como curiosidad cultural y el fenómeno como objeto legítimo de estudio científico.

Este recorrido, además, es clave para comprender algo que a menudo se pasa por alto: la investigación sobre experiencias cercanas a la muerte no es un campo marginal ni pseudocientífico por definición. Es un área contestada, con debates internos genuinos, pero forma parte del ecosistema académico convencional, no de la periferia esotérica.

El origen: Raymond Moody y «Vida después de la vida»

El término «experiencia cercana a la muerte» tal como se usa hoy en día fue popularizado por el médico e investigador Raymond Moody en su libro de 1975 «Life After Life» («Vida después de la vida»). En esa obra, Moody recopiló y clasificó los rasgos comunes que aparecían en los relatos de numerosas personas que había entrevistado tras haber sobrevivido a situaciones de muerte clínica o de grave riesgo vital.

Fue un trabajo pionero y enormemente influyente, que puso nombre y estructura a un fenómeno que hasta entonces circulaba de manera dispersa. Pero, medido con los estándares metodológicos actuales, era un trabajo informal: se basaba en entrevistas retrospectivas, sin un protocolo estandarizado de recolección de datos ni controles experimentales. Su gran mérito fue abrir la puerta y establecer un vocabulario común; su limitación, propia de cualquier trabajo fundacional, era la ausencia de las herramientas metodológicas que el campo desarrollaría después.

La consolidación académica: IANDS y la investigación sistemática

El paso de la curiosidad anecdótica a la investigación sistemática se aceleró con la fundación, en 1981, de la Asociación Internacional para el Estudio de las Experiencias Cercanas a la Muerte, conocida por sus siglas en inglés como IANDS (International Association for Near-Death Studies). Se trata de una organización real, dedicada a fomentar la investigación académica rigurosa sobre el fenómeno, y que respalda la publicación de una revista académica revisada por pares, el Journal of Near-Death Studies.

La existencia de una revista con revisión por pares es un indicador metodológico importante: significa que la investigación producida en este campo pasa por el mismo proceso de escrutinio, crítica y control de calidad que cualquier otra disciplina científica establecida, con investigadores externos evaluando la solidez metodológica de cada estudio antes de su publicación. Esto es lo que distingue a un campo académico en desarrollo de una simple colección de relatos sin supervisión.

La escala Greyson: medir lo subjetivo con rigor

Uno de los avances metodológicos más importantes del campo fue el desarrollo de la escala Greyson, creada por el psiquiatra Bruce Greyson. Se trata de un instrumento estandarizado de dieciséis ítems, diseñado específicamente para medir y comparar de forma sistemática la intensidad y el contenido específico de las experiencias cercanas a la muerte reportadas por distintas personas.

Antes de contar con una herramienta así, comparar el relato de una persona con el de otra era, en gran medida, un ejercicio subjetivo, dependiente de la interpretación de cada investigador. La escala Greyson permitió algo mucho más valioso desde el punto de vista científico: convertir experiencias subjetivas, difíciles de cuantificar, en datos comparables entre estudios, entre hospitales y entre países, lo que a su vez hace posible el tipo de investigación estadística y comparativa que cualquier campo médico maduro necesita.

Entre los elementos que evalúa este tipo de escalas estandarizadas se encuentran, típicamente, aspectos como los siguientes:

  • Alteraciones en la percepción del tiempo durante la experiencia.
  • Sensación de separación del cuerpo físico.
  • Percepción de luz, paz o unidad trascendente.
  • Presencia de una revisión panorámica de recuerdos de vida.
  • Grado de claridad y coherencia narrativa del recuerdo posterior.

Gracias a instrumentos de este tipo, un investigador en un hospital de Europa y otro en un hospital de Estados Unidos pueden, en principio, comparar directamente la intensidad y el contenido de las experiencias documentadas en sus respectivas poblaciones de pacientes, algo impensable en la etapa puramente anecdótica del campo.

El giro hacia la investigación prospectiva

El desarrollo metodológico más reciente y más significativo ha sido el giro hacia estudios prospectivos, es decir, investigaciones diseñadas para observar a los pacientes mientras el evento médico ocurre en tiempo real, dentro del propio hospital, en lugar de depender exclusivamente de entrevistas realizadas mucho después de los hechos y sujetas, por tanto, a todas las distorsiones habituales de la memoria humana.

Los estudios AWARE y AWARE II, liderados por el médico Sam Parnia y desarrollados en múltiples hospitales, representan el ejemplo más avanzado de este enfoque, y están tratados con mayor detalle en otro artículo de este sitio dedicado específicamente a la ciencia de la resucitación. Lo que interesa destacar aquí es su lugar dentro de la evolución metodológica del campo: representan el salto desde la recopilación retrospectiva de anécdotas hacia un modelo de investigación clínica controlada, con monitorización médica objetiva ocurriendo en paralelo al relato subjetivo del paciente.

Los límites metodológicos que el campo reconoce abiertamente

Ningún investigador serio dentro de este campo pretende que sus métodos estén libres de limitaciones, y es importante nombrarlas con la misma claridad con la que se nombran sus avances.

La primera limitación es el tamaño de muestra. De todos los pacientes que sufren un paro cardíaco dentro de un hospital, solo una fracción sobrevive gracias a la reanimación, y de esa fracción, solo una parte menor recuerda con claridad suficiente una experiencia como para poder describirla en una entrevista estructurada. Esto reduce de forma natural el número de casos disponibles para el análisis estadístico en cualquier estudio prospectivo, por bien diseñado que esté.

La segunda limitación es inherente a la propia naturaleza del fenómeno: se trata de una experiencia espontánea e impredecible, que no puede provocarse de manera ética ni controlada en un laboratorio del modo en que se controla, por ejemplo, un experimento de psicología cognitiva estándar. Los investigadores deben esperar a que el evento ocurra de forma natural, lo cual limita enormemente la capacidad de estandarizar las condiciones del estudio.

La tercera limitación, aunque real, no es exclusiva de este campo: la dependencia del autorreporte y de la memoria del paciente. Cualquier disciplina de la psicología que trabaje con experiencias subjetivas enfrenta el mismo reto, y no es una debilidad específica ni descalificadora de la investigación sobre experiencias cercanas a la muerte, sino una limitación compartida con buena parte de la ciencia del comportamiento humano.

Un campo contestado, pero genuinamente científico

El resultado de esta evolución de casi cinco décadas —desde el trabajo pionero pero informal de Moody hasta los estudios prospectivos multicéntricos de la actualidad— es que las experiencias cercanas a la muerte ocupan hoy un lugar real, aunque todavía debatido, dentro de la investigación médica y psicológica convencional.

Esto las distingue con claridad de las afirmaciones puramente paranormales o sobrenaturales, que no se someten a este tipo de escrutinio metodológico ni buscan, en general, ser puestas a prueba de forma sistemática. La investigación sobre ECM, en cambio, se ha ido dotando con los años de organizaciones formales, revistas académicas, instrumentos de medición estandarizados y diseños experimentales cada vez más rigurosos.

Eso no significa que el debate esté cerrado. Entre los propios investigadores del campo existen desacuerdos legítimos sobre cómo interpretar los hallazgos, sobre qué mecanismos explican mejor cada elemento de la experiencia, y sobre qué implicaciones, si es que existe alguna, tienen estos datos para preguntas filosóficas más amplias sobre la naturaleza de la consciencia. Pero ese desacuerdo activo es, en sí mismo, una señal de salud científica: es exactamente lo que ocurre en cualquier campo de investigación vivo, que todavía está construyendo respuestas en lugar de repetir certezas heredadas.

Written By

More From Author

You May Also Like

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *