Entre todos los elementos que se repiten en los relatos de experiencias cercanas a la muerte, hay uno que aparece con una regularidad casi sorprendente en culturas, religiones y épocas muy distintas entre sí: la sensación de atravesar un túnel hacia una luz brillante. Ese detalle tan específico, tan visualmente consistente de un relato a otro, es precisamente lo que ha llevado a varios investigadores a preguntarse si su origen no estará menos en lo trascendente y más en la propia arquitectura del sistema visual humano.
La buena noticia, desde el punto de vista científico, es que no hace falta recurrir a lo sobrenatural para encontrar explicaciones plausibles. Existen al menos tres hipótesis neurológicas serias, respaldadas por investigación real, que abordan por qué el cerebro humano, sometido a determinadas condiciones extremas, tiende a generar esta misma imagen una y otra vez.
Lo que hace que este fenómeno merezca una mirada científica cuidadosa, en lugar de una explicación rápida y única, es precisamente su universalidad. No se trata de un rasgo exclusivo de una tradición religiosa concreta ni de una zona geográfica determinada: aparece en relatos de personas con creencias muy distintas, con edades, culturas y contextos médicos completamente diferentes entre sí. Cuando un mismo patrón se repite con tanta consistencia a través de circunstancias tan dispares, la explicación más económica —y la que la ciencia tiende a explorar primero— es que el origen esté en algo compartido por todos los seres humanos: la propia estructura biológica del cerebro y del sistema visual.
La hipótesis retiniana: por qué falla primero la visión periférica
La primera explicación tiene que ver con cómo reacciona el propio ojo, y no solo el cerebro, ante la falta de oxígeno. La retina y la corteza visual son tejidos con un consumo energético muy alto, y por tanto especialmente sensibles a cualquier reducción del flujo sanguíneo. Pero no todas las partes del sistema visual son igual de vulnerables: la visión periférica depende de estructuras que requieren un aporte de oxígeno más constante y son más sensibles a la caída de presión sanguínea que la visión central.
Esto significa que, cuando el flujo de sangre y oxígeno hacia los ojos y el cerebro empieza a reducirse —como ocurre durante un paro cardíaco, una caída brusca de presión arterial o una pérdida de consciencia por otras causas—, el campo visual periférico tiende a fallar antes que la visión central. El resultado subjetivo es que el mundo visual se va «cerrando» desde los bordes hacia el centro, como si el campo de visión se estrechara progresivamente, generando exactamente la sensación de estar mirando a través de un túnel cada vez más angosto, con un punto de luz o claridad conservado en el centro.
Esta hipótesis retiniana y visual está discutida en la literatura de ciencia de la visión y en la investigación específica sobre experiencias cercanas a la muerte, y tiene la ventaja de apoyarse en un mecanismo fisiológico conocido y bien documentado: la vulnerabilidad diferencial entre visión central y periférica ante la falta de oxígeno no es una idea especulativa, sino un fenómeno estudiado en oftalmología y neurología.
Lo que enseñaron los pilotos de caza sobre el túnel de luz
La segunda línea de evidencia es, probablemente, la más contundente de las tres, precisamente porque se obtuvo en un contexto experimental controlado, muy alejado de cualquier situación de muerte real. Se trata de la investigación en medicina aeroespacial sobre la pérdida de consciencia inducida por fuerzas G, conocida en el ámbito técnico como G-LOC (G-force induced Loss Of Consciousness).
Los pilotos de caza, al someterse a maniobras de alta aceleración, pueden experimentar una reducción muy rápida del flujo sanguíneo hacia el cerebro, provocada simplemente por la fuerza gravitacional que empuja la sangre hacia las piernas y lejos de la cabeza. Para estudiar este fenómeno con seguridad, la investigación aeroespacial utiliza centrifugadoras de entrenamiento, donde se puede inducir un G-LOC breve y controlado en condiciones médicas supervisadas.
Uno de los investigadores más citados en este campo es James Whinnery, cuyos estudios en la década de 1990 documentaron con detalle qué reportaban los pilotos al recuperar la consciencia tras un episodio de G-LOC. Los resultados fueron llamativos: muchos pilotos describieron visión en túnel, luces brillantes y, en algunos casos, contenido de tipo onírico o incluso elementos que recuerdan a otros rasgos típicos de las experiencias cercanas a la muerte, todo ello en cuestión de segundos y sin que exista ninguna conexión plausible con la muerte real o con ningún proceso espiritual.
El valor de esta investigación es precisamente ese: al tratarse de un contexto de laboratorio, con pilotos sanos, conscientes de estar participando en un entrenamiento, y sin ningún riesgo vital real, permite aislar el mecanismo puramente fisiológico —la pérdida rápida de flujo sanguíneo cerebral— como causa suficiente para producir la sensación de túnel y luz, sin necesidad de que exista una amenaza de muerte genuina de por medio.
Este dato tiene un peso argumental considerable precisamente por lo que descarta. Un piloto que sufre un G-LOC en una centrifugadora no está muriendo, no cree estar muriendo y recupera la consciencia en segundos, en un entorno controlado y vigilado por personal médico. Si aun así reporta visión en túnel y luces brillantes, la explicación más razonable no puede apoyarse en la proximidad psicológica o real de la muerte, sino en el mecanismo fisiológico compartido: la caída abrupta de riego sanguíneo cerebral, presente tanto en el paro cardíaco como en el entrenamiento de vuelo.
Una lista de los elementos que coinciden entre el G-LOC y las ECM
- Visión en túnel con estrechamiento progresivo del campo visual.
- Percepción de una luz brillante o intensa en el centro del campo visual.
- Sensación de desconexión momentánea de la realidad circundante.
- Contenido subjetivo de tipo onírico durante la recuperación de la consciencia.
La intrusión de REM: cuando el sueño se cuela en la vigilia
Una tercera hipótesis, distinta pero no incompatible con las dos anteriores, ha sido desarrollada por investigadores como el neurólogo Kevin Nelson, y se centra en un fenómeno conocido como intrusión de REM. El sueño REM (por sus siglas en inglés, «rapid eye movement») es la fase del sueño asociada a los sueños más vívidos, y tiene un patrón de activación cerebral muy característico y distinto del de la vigilia normal.
La idea de la intrusión de REM es que, en determinadas condiciones de estrés fisiológico extremo, elementos de ese patrón de activación cerebral típico del sueño REM pueden «colarse» en un estado que, en otras circunstancias, sería de vigilia o de semiconsciencia. Esto generaría una mezcla inusual entre percepción y contenido de tipo onírico, lo cual podría explicar por qué las experiencias cercanas a la muerte comparten ciertas estructuras narrativas y sensoriales con los sueños vívidos: la sensación de estar flotando, la disolución de los límites del cuerpo, las imágenes intensamente luminosas.
Nelson y otros investigadores en este campo han encontrado, en estudios reales, cierta asociación estadística entre las personas más propensas a experimentar intrusiones de REM en su vida cotidiana y una mayor probabilidad de reportar experiencias cercanas a la muerte con un contenido más rico o detallado. No se trata de una explicación definitiva ni universalmente aceptada, sino de una pieza adicional dentro de un rompecabezas todavía en construcción.
Tres hipótesis, un mismo punto de partida: el cerebro, no lo sobrenatural
Lo interesante de reunir estas tres líneas de investigación —la vulnerabilidad diferencial de la visión periférica, los estudios de G-LOC en pilotos, y la intrusión de patrones REM— no es que una sola de ellas resuelva por completo el misterio del túnel de luz. Ninguna lo hace de forma aislada, y los propios investigadores del campo siguen debatiendo el peso relativo de cada mecanismo.
Lo interesante es que las tres apuntan en la misma dirección general: hacia explicaciones naturalistas, basadas en la fisiología conocida del cerebro y del sistema visual humano bajo estrés extremo, y no hacia la necesidad de invocar una causa sobrenatural para justificar por qué tantas personas, en circunstancias tan diferentes, describen prácticamente la misma imagen.
Esto no le resta valor emocional ni humano a la experiencia de quien la vivió. Una persona que atravesó un túnel de luz durante un episodio cercano a la muerte tuvo, sin duda, una vivencia real, intensa y transformadora desde su perspectiva subjetiva. Lo que la neurociencia ofrece no es una negación de esa vivencia, sino un mapa cada vez más detallado de cómo un cerebro humano, sometido a una falta severa de oxígeno o a una caída abrupta del flujo sanguíneo, puede generar por sí solo una de las imágenes más universales y evocadoras de toda la experiencia humana.
La investigación en este campo sigue avanzando, y probablemente la explicación final —si es que llega a existir una única explicación final— combine elementos de varias de estas hipótesis en distintas proporciones según cada caso individual. Pero el marco general ya está bastante claro: el túnel de luz tiene toda la apariencia de ser un fenómeno del cerebro, no una ventana hacia otro plano de existencia.
