Un estruendo seco sacude las ventanas de un pueblo a las tres de la madrugada. No hay tormenta, el cielo está despejado, nadie ha visto pasar un avión y el sismógrafo más cercano no ha registrado nada. Al día siguiente el ayuntamiento tiene cuarenta llamadas y ninguna respuesta.
El episodio se repite cada año en decenas de sitios y tiene nombre propio en varios idiomas desde mucho antes de que existiera la aviación. La mayoría de los casos que se han investigado a fondo terminan con una causa identificada, y casi siempre es una de seis. Un grupo pequeño sigue abierto, y conviene saber por qué.
Aquí están las seis causas ordenadas por frecuencia, con la firma acústica que deja cada una, los episodios mejor documentados, el procedimiento que sigue quien tiene que dar una explicación y lo que queda sin identificar cuando ese procedimiento se aplica bien.
Cinco cosas que ordenan cualquier episodio
- La hora es el dato. Sin hora anotada con precisión de segundos, un episodio no se puede cruzar con ningún catálogo y no se cierra.
- El sonido tarda. A unos 343 metros por segundo, treinta segundos entre el destello y el ruido sitúan la fuente a unos diez kilómetros.
- Oír no es notar. Que las ventanas vibren y el suelo no se mueva apunta a un origen aéreo o a un foco sísmico muy somero.
- El frío también suena. El suelo empapado que se hiela de golpe y el hielo de un lago producen detonaciones audibles a kilómetros.
- La atmósfera desvía. Una inversión térmica devuelve al suelo sonido emitido a cien o doscientos kilómetros, dejando en silencio todo lo que hay en medio.
Un fenómeno con nombre propio en media docena de idiomas
Que muchas culturas hayan tenido que ponerle nombre indica que el fenómeno es recurrente y no anecdótico. En la costa belga y neerlandesa del mar del Norte se llaman mistpouffers. En el delta del Ganges, los funcionarios coloniales del siglo XIX registraron los Barisal guns, descritos como cañonazos lejanos sin artillería a la vista.
En los Apeninos italianos hay referencias antiguas a los brontidi. En Japón se habla de uminari, el rugido del mar. En el estado de Nueva York y en la costa de las Carolinas se conocen como Seneca guns, por el lago Séneca donde se documentaron primero. En zonas de habla hispana circulan simplemente como retumbos.
El listado tiene un patrón que no es casual: casi todos los nombres proceden de costas, deltas o grandes lagos. Eso orienta hacia mecanismos concretos, aunque no significa que todos los nombres cubran la misma causa. Lo más probable, y así lo tratan quienes los estudian, es que cada etiqueta agrupe episodios de origen distinto bajo un mismo sonido.
El boom sónico y su firma de doble golpe

Cualquier objeto que supere la velocidad del sonido arrastra un cono de choque. Donde ese cono barre el suelo se percibe un salto brusco de presión, y eso es lo que se oye. No es un ruido puntual: es una franja de decenas de kilómetros de ancho que se desplaza con el vehículo, así que el mismo boom lo oye mucha gente en sitios distintos con segundos de diferencia.
La firma característica es doble. La onda tiene dos saltos, el del morro y el de la cola, y la separación entre ellos depende del tamaño del objeto. En un caza son unas centésimas de segundo y el oído los funde en un único chasquido seco. En un vehículo grande, como una cápsula que reentra o un propulsor que vuelve, la separación es de varias décimas y el doble golpe se distingue con claridad.
El vuelo supersónico sobre tierra está restringido en muchos países, de modo que los episodios sobre zonas habitadas suelen tener origen militar: interceptaciones, ejercicios autorizados o maniobras sobre el mar cuyo cono alcanza la costa. Las aceleraciones y los virajes pueden además concentrar el frente en un punto y producir un golpe muy superior al normal.
El caso mejor documentado de una serie sin explicar es el de la costa atlántica de Estados Unidos entre 1977 y 1978, con decenas de estruendos que obligaron a abrir una investigación oficial. El informe atribuyó buena parte de los episodios a booms de aviación, incluida la aviación comercial supersónica de la época, y dejó otra parte sin cerrar.
Bólidos: cuando lo que revienta es un meteoro
Una roca que entra en la atmósfera a quince o veinte kilómetros por segundo se fragmenta y libera su energía en pocos segundos. Esa explosión en el aire genera una onda de presión que llega al suelo con la misma física que un boom sónico, pero con mucha más energía y desde mucha más altura.
El episodio de referencia es el de Cheliábinsk, el 15 de febrero de 2013. La detonación en el aire sobre los Urales rompió cristales en un área amplia y dejó alrededor de mil quinientos heridos, casi todos por vidrio. Su infrasonido quedó registrado en estaciones repartidas por todo el planeta, pertenecientes a la red mundial montada para vigilar ensayos nucleares.
Esa red merece una nota aparte, porque es la herramienta que más ha cambiado este campo. Está pensada para detectar explosiones nucleares y consta de unas sesenta estaciones de infrasonido previstas en todo el mundo, gestionadas por la organización del tratado de prohibición de ensayos. Como subproducto detecta bólidos, erupciones volcánicas y grandes explosiones industriales, y ha convertido en identificables episodios que hace treinta años habrían quedado en misterio local.
La firma del bólido es distinta de la del avión: no un chasquido, sino un retumbo prolongado, y con un retraso característico. Si hubo destello, el sonido llega entre uno y cinco minutos después, porque la fuente estaba a decenas de kilómetros de altura. De día y con nubes el destello puede pasar inadvertido y quedar solo el ruido.
Cómo se investiga un episodio de estruendos en el cielo
- Anotar la hora con precisión de segundos y la posición. Es el único dato que permite cruzar el episodio con cualquier catálogo. Sin él no hay investigación posible.
- Reunir varios testimonios separados por hora y lugar. Con tres o cuatro puntos y sus horas se acota una dirección y, con suerte, una distancia.
- Consultar el catálogo sísmico en una ventana de cinco minutos antes y después, incluyendo magnitudes pequeñas y profundidades someras, que es donde suele estar la respuesta.
- Comprobar la actividad aérea. Ejercicios programados, avisos a la navegación aérea y, en su caso, interceptaciones. Los mandos aéreos confirman o descartan en pocos días.
- Pedir el registro de infrasonido si hay una estación en un radio razonable. Una señal coherente entre dos estaciones da dirección y origen.
- Revisar el sondeo atmosférico de esa noche. Si había inversión térmica, la fuente puede estar a cien kilómetros y el episodio no tiene nada de local.
- Descartar las fuentes con permiso. Canteras, voladuras, demoliciones, destrucción de munición y obras llevan registro horario y basta una llamada.
- Consultar la red de detección de rayos. Registra cada descarga con hora y coordenadas, así que confirmar o descartar un trueno lejano es inmediato.
- Registrar el efecto físico. Si vibraron ventanas, si se movieron objetos, si se notó el suelo y durante cuánto tiempo. Ese detalle separa origen aéreo de origen terrestre.
- Solo entonces, catalogar como no identificado. Y anotar qué comprobación faltó, porque casi siempre falta alguna.
Terremotos muy someros que se oyen y casi no se sienten
La profundidad importa más que la magnitud. Un seísmo de magnitud dos a un kilómetro y medio de profundidad puede oírse como una detonación en varios kilómetros a la redonda; uno de magnitud cuatro a treinta kilómetros se percibe como un balanceo lento y no lo oye casi nadie.
La explicación está en las frecuencias. La energía de alta frecuencia se atenúa muy deprisa con la distancia, de modo que solo un foco muy superficial entrega a la superficie frecuencias por encima de veinte hercios, que son las que el suelo transmite al aire como sonido audible. Todo lo demás llega como movimiento y no como ruido.
El servicio geológico estadounidense documenta estos estruendos sísmicos como categoría propia, y hay comarcas enteras con microsismicidad somera recurrente donde la población lleva generaciones oyendo cañonazos que nadie dispara. La información pública de ese organismo incluye la casuística y la advertencia de que muchos de esos eventos quedan por debajo del umbral de detección de la red.
La firma es reconocible: un golpe corto y seco, a veces con un breve traqueteo de vajilla, muy localizado, y con la particularidad de que quien está en el epicentro lo oye y quien está a diez kilómetros no. Esa relación entre creencias populares y actividad sísmica menor aparece también en lo que se atribuye al comportamiento animal antes de un terremoto, donde la evidencia se comporta de forma parecida: mucho relato, poco registro.
Criosismos: el suelo que se parte al helarse

El agua aumenta de volumen cerca de un nueve por ciento al congelarse. Cuando un terreno empapado se hiela deprisa, esa expansión no tiene por dónde salir y fractura el suelo, la roca o el pavimento. El resultado es una detonación seca, a veces acompañada de una sacudida breve, y en ocasiones de grietas visibles al día siguiente.
Las condiciones son bastante específicas y por eso el fenómeno se concentra. Hace falta lluvia o deshielo previo que sature el terreno, una caída brusca de temperatura muy por debajo de cero en pocas horas, y poca o ninguna nieve encima, porque la nieve aísla y evita que el frío llegue al suelo. Suele ocurrir de madrugada, que es cuando la temperatura toca el mínimo.
Los criosismos aparecen en Canadá, en el norte de Estados Unidos, en Finlandia y en cualquier región con esa combinación de humedad y frío. Rara vez se registran en los catálogos sísmicos: la energía es minúscula, la señal es de frecuencia muy alta y el alcance es de unos cientos de metros.
Se reconocen por dos rasgos. Vienen en serie, con decenas de golpes en la misma noche, y siempre coinciden con una entrada de frío severa. Cuando un vecindario entero denuncia detonaciones en la misma madrugada de enero y nadie ve nada, esta es la primera hipótesis, no la última.
El hielo del lago también suena
Una capa de hielo sobre un lago grande se dilata y se contrae con la temperatura, y cuando la tensión supera la resistencia del material, se parte. El resultado va desde detonaciones sordas hasta crujidos largos, y es perfectamente audible desde las orillas y desde los pueblos cercanos.
Hay además un sonido más raro y muy documentado: el silbido descendente, parecido a un disparo de ciencia ficción, que se produce cuando un impulso viaja por la placa de hielo. En una lámina delgada las frecuencias altas viajan más rápido que las bajas, así que un golpe puntual llega al oyente estirado en el tiempo, de agudo a grave. No hay nada misterioso en ello, pero desconcierta a quien lo oye por primera vez.
El mismo mecanismo funciona a otra escala en el hielo marino y en los glaciares, donde el desprendimiento de bloques produce retumbos de frecuencia muy baja que viajan lejos. La firma común es estacional: aparecen al amanecer y al anochecer, que es cuando la temperatura cambia más rápido, y siempre hay una masa de agua helada cerca.
La atmósfera como lente: inversiones, canales y zonas de silencio
La velocidad del sonido sube con la temperatura y con la componente del viento a favor. Cuando la temperatura aumenta con la altura, que es lo que ocurre en una inversión nocturna, los rayos sonoros que deberían escapar hacia arriba se curvan y vuelven al suelo. El efecto es el de una lente que devuelve al oyente lo que debería haberse perdido.
La consecuencia práctica desconcierta a cualquiera. Una voladura de cantera, un campo de tiro o una fábrica pueden ser inaudibles a diez kilómetros y perfectamente audibles a ochenta. Que nadie en los pueblos intermedios haya oído nada no es una prueba de que la fuente estuviera encima: es exactamente el patrón que predice la física.
A mayor escala existe el canal estratosférico. La energía que sube hasta unos cuarenta o cincuenta kilómetros de altura, donde la temperatura vuelve a aumentar, se refracta y regresa al suelo a unos ciento cincuenta o doscientos cincuenta kilómetros del origen, dejando entre medias una zona de silencio. El fenómeno se identificó a principios del siglo XX, cuando grandes explosiones se oyeron a enormes distancias y no en los puntos intermedios.
Por eso el primer reflejo ante un estruendo sin causa aparente —buscar el origen en el radio de unos pocos kilómetros— es casi siempre el reflejo equivocado.
Truenos de una tormenta que no se ve
Un rayo positivo puede caer a diez kilómetros o más del núcleo de la tormenta, bajo un cielo despejado. Quien está debajo ve azul, no oye tormenta y recibe un trueno seco sin aviso previo.
El trueno normalmente deja de oírse más allá de unos veinticinco kilómetros, porque la refracción lo curva hacia arriba. Bajo una inversión térmica ese alcance se dispara, y una tormenta situada por debajo del horizonte se oye sin que se vea absolutamente nada de ella.
Es la hipótesis más fácil de confirmar o descartar de toda la lista, porque las redes de detección de descargas registran cada rayo con hora y coordenadas. Diez minutos de consulta cierran el caso o lo eliminan. Lo curioso es la frecuencia con que ese paso se salta y el episodio pasa directamente a la categoría de raro, como ocurre con las lluvias de animales, que también tienen explicación meteorológica y también arrastran fama de inexplicables.
Voladuras, maniobras y otras causas con permiso administrativo
La lista menos vistosa es la que resuelve más casos. Canteras y minas hacen voladuras programadas y llevan registro horario; los campos de tiro y los equipos de desactivación destruyen munición en fechas conocidas; hay demoliciones controladas, hincado de pilotes y prospecciones sísmicas con fuentes explosivas.
A eso se suman causas industriales puntuales: alivios de presión en conducciones de gas, fallos de calderas y explosiones de transformadores, que producen un golpe seco y una vibración muy localizada. En zonas de montaña, el control preventivo de aludes mediante explosivos genera detonaciones en serie durante horas.
Todas comparten una característica útil: dejan papel. Alguien pidió permiso, alguien anotó la hora y alguien puede confirmarlo por teléfono. Cuando un episodio se investiga con método y no con imaginación, esta categoría se lleva la mayoría de las respuestas, del mismo modo que ocurre con lo que revelan los informes oficiales sobre avistamientos.
Los episodios que siguen sin identificar
Quedan abiertos, sobre todo, los fenómenos con nombre histórico. Nadie ha confirmado un mecanismo único para los mistpouffers de la costa del mar del Norte, para los Barisal guns del delta del Ganges ni para los Seneca guns. Las hipótesis principales son tres: sismicidad somera repetida, conducción atmosférica de fuentes lejanas y liberación de gas en sedimentos costeros. Lo más probable es que cada nombre agrupe varias causas distintas.
Lo que haría falta para cerrarlos no es misterioso ni caro. Antenas de infrasonido de tres o cuatro sensores instaladas de forma permanente en los puntos donde los avisos se concentran, registrando de continuo durante varios años y cruzando cada detección con el catálogo sísmico y con el sondeo atmosférico del momento. Con eso se resuelve la mayoría, y probablemente aparezca alguna sorpresa. No se ha hecho de manera sistemática en casi ninguno de esos sitios.
La segunda categoría abierta es distinta y menos interesante: episodios de un solo testigo, sin hora precisa y sin ningún registro instrumental. No son enigmas, son casos mal documentados. La diferencia entre una cosa y otra es la que separa un problema científico de una anécdota.
Un estruendo no identificado casi siempre es un estruendo no medido. Y en un campo donde el instrumento cuesta lo que cuesta un sensor barométrico decente, esa distinción es una elección, no una limitación.
Preguntas frecuentes
¿Puede oírse un estruendo sin que tiemble el suelo?
Sí, y es una pista importante. Indica origen aéreo —boom sónico, bólido, trueno— o un foco sísmico tan somero que entrega sonido a la superficie sin producir movimiento perceptible. Cuando el suelo sí se nota durante un par de segundos, la hipótesis sísmica pasa al primer lugar.
¿Cómo distingo un boom sónico de un trueno?
Por tres cosas. El boom sónico es un chasquido seco, con doble golpe si el objeto es grande, y lo oye una franja alargada de territorio con segundos de diferencia. El trueno suele rodar y se puede confirmar en minutos consultando cualquier red de detección de rayos, que registra hora y coordenadas de cada descarga.
¿Por qué el sismógrafo no registró nada?
Por dos motivos posibles. Si la fuente estaba en el aire, no hay nada sísmico que registrar salvo la vibración que la onda de presión induce en el suelo, que es débil. Y si fue un microsismo, puede haber quedado por debajo del umbral de detección de la red, que en zonas con pocas estaciones deja fuera magnitudes de uno y dos.
¿Qué conviene anotar si vuelve a ocurrir?
Hora con segundos, duración aproximada, si fue un golpe o un retumbo, si hubo doble golpe, si vibraron las ventanas, si se notó el suelo, la dirección de la que pareció venir y el estado del cielo. Con esos datos de tres o cuatro personas en sitios distintos, el episodio deja de ser inclasificable.
¿Un avión de línea puede provocar uno de estos estruendos?
No en vuelo normal, porque la aviación comercial actual es subsónica y el vuelo supersónico sobre tierra está restringido en muchos países. Los booms sobre zonas habitadas suelen proceder de aviación militar en ejercicio o en interceptación, y esa información se puede solicitar.
