En julio de 2014, la tripulación de un helicóptero que volaba sobre la tundra del noroeste de Siberia fotografió un agujero perfectamente circular en la llanura, con el borde levantado y tierra congelada esparcida alrededor en un radio considerable. No había cráter en las imágenes de satélite del año anterior. Estaba a unas decenas de kilómetros de uno de los mayores campos de gas del planeta.
Las primeras interpretaciones que circularon fueron un meteorito, una prueba militar y un colapso minero. Ninguna encajaba: no había fragmentos, no había firma sísmica de impacto y el material del borde procedía del propio agujero, lanzado desde dentro hacia fuera.
Doce años después hay cerca de una veintena de estructuras equivalentes catalogadas en dos penínsulas siberianas, un mecanismo general aceptado y varias discusiones abiertas sobre el detalle. También hay una sospecha incómoda: que la mayoría de las que se han abierto en este tiempo no las ha visto nadie.
Lo que ocurre bajo el hielo, en orden
- Se acumula gas bajo una capa de suelo permanentemente helado que actúa como tapa.
- El terreno se abomba. Aparece un montículo de varios metros, visible en satélite años antes.
- La tapa cede. La presión supera la resistencia del hielo y el material sale despedido.
- Queda un pozo cilíndrico con borde de derrame y paredes verticales.
- Se llena de agua en dos o tres veranos y se vuelve indistinguible de una laguna.
- El origen del gas sigue discutiéndose: microbiano, profundo, de hidratos, o los tres.
Por qué las cifras van de veinte a cien metros
Conviene resolver esto antes que nada, porque es la fuente de casi toda la confusión. Las primeras estimaciones difundidas hablaban de un agujero de en torno a cien metros, y esa cifra sigue apareciendo. Las mediciones posteriores sobre el terreno dieron números mucho menores para el conducto propiamente dicho.
La discrepancia no es un error, es una cuestión de qué se está midiendo. Desde el aire se ve una mancha circular que incluye el pozo, el borde levantado y el anillo de material expulsado, y ese conjunto sí alcanza varias decenas de metros de diámetro. El pozo interior, medido en el suelo, es bastante más estrecho. A eso se añade el factor tiempo: las paredes se derrumban rápido y el agujero se ensancha estación tras estación, de modo que una medida tomada dos años después no describe la estructura original.
La profundidad tiene el mismo problema. Lo que suele medirse es la distancia hasta la lámina de agua acumulada en el fondo, no hasta el fondo real. En los ejemplos mejor documentados esa distancia rondó las varias decenas de metros en el momento del hallazgo.
Vale la pena fijar la regla general, porque se aplica a casi cualquier fenómeno natural que llega primero por la prensa. La primera cifra publicada suele ser una estimación visual desde el aire, sin escala y sin instrumento, hecha por alguien que no volvió al lugar. La cifra que sobrevive es la de la primera expedición que bajó con cinta métrica. Cuando ambas conviven durante años, el resultado es la impresión de que el objeto cambia de tamaño según quién lo cuente.
Qué son exactamente los cráteres de Yamal
La denominación técnica que se ha impuesto es cráter de emisión de gas, y describe con precisión el proceso. No son hundimientos, ni dolinas, ni bocas volcánicas. Son el resultado de una expulsión: una masa de suelo congelado que sale despedida hacia arriba cuando la presión del gas retenido debajo supera la resistencia de la cubierta.
La forma lo delata. Las paredes son verticales o incluso ligeramente acampanadas hacia abajo, el fondo es un conducto y alrededor hay bloques de suelo helado y turba dispersos, algunos de varios metros cúbicos, encontrados a distancias de hasta un par de centenares de metros del borde. Un colapso por hundimiento no lanza material hacia fuera; solo lo deja caer hacia dentro.
Esa distribución del material expulsado es, de hecho, el mejor dato disponible sobre la energía del episodio. Midiendo la masa de los bloques y la distancia a la que quedaron se puede acotar la velocidad de salida, y de ahí la presión que había debajo. Los cálculos publicados apuntan a presiones muy superiores a la simple carga del terreno, lo que descarta que baste con el peso del suelo para explicar la ruptura.
Los cráteres de Yamal se concentran en dos penínsulas del noroeste siberiano, en una zona de tundra con permafrost continuo y con una de las mayores acumulaciones de gas natural conocidas en profundidad. Esa coincidencia geográfica no es casual y forma parte de la explicación.
El permafrost de la península: cientos de metros de suelo helado

El permafrost es suelo que permanece por debajo de cero grados durante al menos dos años consecutivos. En esta región alcanza espesores de varios centenares de metros y solo se descongela cada verano en la capa superficial, de menos de un metro, llamada capa activa.
Ese bloque helado tiene una propiedad decisiva para lo que nos ocupa: es prácticamente impermeable. Actúa como un sello que impide que el gas generado o migrado desde abajo escape a la atmósfera de forma continua. Mientras el sello aguanta, el gas se acumula.
El sello, sin embargo, no es homogéneo. Contiene lentes de hielo puro, capas de sedimento marino antiguo, cuerpos de agua salada sin congelar y zonas de talik, es decir, columnas descongeladas bajo lagos y ríos que atraviesan el permafrost de arriba abajo. Esas heterogeneidades son los puntos débiles.
De dónde sale el gas
Hay tres fuentes candidatas y no son excluyentes. La primera es microbiana: la materia orgánica congelada en el suelo, al descongelarse, alimenta a bacterias que producen metano. Es el mismo proceso que genera el gas de las marismas y que está detrás de las luces que durante siglos se atribuyeron a los pantanos.
La segunda es profunda. La región está sobre una provincia gasística enorme, y el metano termogénico generado a kilómetros de profundidad migra hacia arriba por fallas y fracturas. Los análisis isotópicos del gas recogido en varios cráteres apuntan a una mezcla, con proporciones distintas según el sitio.
La tercera son los hidratos: estructuras de hielo con moléculas de metano atrapadas en su interior, estables solo dentro de un rango de presión y temperatura. Dentro del permafrost pueden persistir hidratos metaestables desde el Pleistoceno. Un pequeño calentamiento o una caída de presión los desestabiliza, y al disociarse un volumen de hidrato libera del orden de un centenar de veces su volumen en gas. Ese factor de expansión es lo que convierte un proceso lento en una explosión.
Distinguir entre las tres fuentes no es un ejercicio académico. El metano microbiano y el termogénico tienen firmas isotópicas de carbono e hidrógeno distintas, y la proporción de hidrocarburos pesados que los acompañan también difiere: el gas profundo suele llevar etano y propano, y el biogénico prácticamente no. Muestrear el aire del interior de un cráter recién abierto permite, por tanto, decir de dónde venía. El problema logístico es llegar a tiempo, porque el conducto se ventila en semanas.
El montículo que precede a la explosión
La revisión retrospectiva de imágenes de satélite ha permitido reconstruir la fase previa en varios casos. Donde hoy hay un cráter, antes hubo un montículo: una elevación de forma redondeada, de algunos metros de altura y decenas de metros de diámetro, que creció durante años.
Ese abombamiento es la firma de la presión acumulada. El suelo helado se comporta como una membrana elástica hasta cierto punto, y se deforma antes de romper. En algunos montículos documentados aparecieron grietas radiales en la cima durante el último verano antes de la apertura, y en al menos un caso se describió un pequeño lago o una depresión encharcada sobre la estructura.
La consecuencia práctica es que estos episodios son predecibles en principio. Las técnicas de interferometría radar desde satélite, disponibles en los archivos abiertos de la agencia espacial europea, detectan deformaciones verticales de pocos centímetros al año sobre superficies extensas. Buscar abombamientos en la tundra es exactamente el tipo de tarea para el que sirven.
La dificultad está en el filtrado. La tundra se hincha y se hunde estacionalmente por el propio ciclo de congelación y deshielo, con desplazamientos verticales de varios centímetros cada año en superficies enormes. Separar esa respiración normal del terreno de un abombamiento anómalo y persistente exige series largas y un criterio claro de qué se considera señal, y ese criterio todavía se está afinando.
La hipótesis de las bolsas salinas
El mecanismo general está aceptado, pero queda una pregunta incómoda: por qué ocurre en estas dos penínsulas y no en el resto del Ártico, que tiene permafrost, materia orgánica y gas en profundidad igualmente.
Una propuesta reciente apunta a una particularidad geológica local. Bajo el permafrost de la zona hay lentes de agua muy salada que no llegan a congelarse, herencia de antiguos sedimentos marinos. Según ese modelo, el agua de deshielo que se infiltra desde arriba llega a esas bolsas, y la diferencia de concentración genera un flujo osmótico que las hace crecer y aumentar la presión hasta fracturar la cubierta. La caída brusca de presión que sigue desestabiliza los hidratos cercanos, y la disociación remata la expulsión.
Es una hipótesis reciente, todavía en discusión, y su interés está en que explica la distribución geográfica, que era el punto flojo de los modelos anteriores. Conviene presentarla como lo que es: una propuesta bien argumentada pendiente de más medidas de campo.
Cronología de lo registrado
| Momento | Qué se documentó | Qué aportó |
|---|---|---|
| Verano de 2014 | Primer cráter localizado desde un helicóptero | Descartó impacto y colapso minero |
| Meses siguientes | Dos estructuras más en las mismas penínsulas | Mostró que no era un hecho aislado |
| Revisión de archivos de satélite | Montículos previos en varios emplazamientos | Estableció la fase precursora |
| Campañas de muestreo | Análisis isotópico del gas del interior | Apuntó a mezcla de fuentes |
| Hallazgo de 2020 | Cráter cartografiado con dron y fotogrametría | Primer modelo tridimensional del conducto |
| Recuento actual | Cerca de una veintena de estructuras | Sugiere infrarregistro considerable |
Los años con más aperturas coinciden con veranos anómalamente cálidos en la región, algo que apoya el papel del calor superficial como disparador. La serie es todavía corta y la coincidencia no basta por sí sola para establecer una relación causal firme.
Por qué se vuelven lagos, y por qué eso complica el recuento
Un pozo abierto en la tundra no dura como pozo. Las paredes de suelo helado se derrumban con el deshielo estival, el agua de lluvia y de fusión se acumula en el fondo y en dos o tres veranos la estructura se ha convertido en una laguna redonda con el borde suavizado.
El problema es que la tundra siberiana está cubierta de lagunas redondas de origen termokárstico, formadas por hundimiento lento al fundirse el hielo del suelo. A simple vista, y desde el satélite, un cráter de emisión de tres años no se distingue de una laguna termokárstica de tres mil.
Hay una pista que sí funciona: la batimetría. Un lago termokárstico es somero y de fondo plano; un antiguo cráter conserva un embudo central mucho más profundo que el resto de la cubeta. Los sondeos realizados en algunas lagunas de la zona han encontrado ese perfil, lo que sugiere que el fenómeno lleva ocurriendo bastante más tiempo del que cubre el catálogo actual.
Lo que no es
Tres confusiones se repiten. La primera es con los pingos, montículos con núcleo de hielo que se forman de manera lenta y normal en zonas periglaciares y que, al degradarse, colapsan sin proyectar nada. Un pingo es un pariente del montículo precursor, no del cráter.
La segunda es con los grandes hundimientos por termokarst, como el que se ha ido abriendo durante décadas en el interior de Yakutia hasta alcanzar cerca de un kilómetro de longitud. Aquello es erosión progresiva sobre una ladera con hielo en el suelo, sin gas ni explosión, y su ritmo se mide en metros por año.
La tercera es la lectura sensacionalista: impacto, armamento subterráneo, portales. Ninguna de esas versiones tiene apoyo material. Los pastores de renos de la zona describieron humo y un resplandor en alguno de los episodios, testimonios que se han recogido sin confirmarlos. El repertorio narrativo que se ha construido alrededor recuerda al que rodea a otras zonas remotas con fama de anómalas: aislamiento, acceso restringido y muy poca información de primera mano.
Lo que implica para el seguimiento del Ártico
La contribución de estos cráteres al metano atmosférico global es pequeña comparada con las emisiones difusas de humedales y lagos termokársticos, que operan de forma continua sobre superficies inmensas. Presentarlos como una bomba climática es exagerado.
Lo que sí representan es un riesgo local serio y un indicador. Riesgo, porque la zona está atravesada por gasoductos, carreteras de invierno, pistas de aterrizaje y plataformas de perforación, y una expulsión bajo cualquiera de esas instalaciones tendría consecuencias inmediatas. Indicador, porque su aparición señala que el sello de permafrost está perdiendo integridad en puntos concretos.
Hay además un componente de acceso a la información que conviene nombrar. La zona es industrial, remota y de acceso restringido, y buena parte de los datos de campo procede de un número pequeño de equipos. Cuando la información llega filtrada y con retraso, el vacío se llena solo, y aparecen las versiones más pintorescas. Es el mismo círculo que se documentó alrededor de una zona de exclusión cerrada durante décadas: cuanto menor es el flujo verificable, mayor es el volumen de relato.
El trabajo pendiente es de vigilancia sistemática: cartografiar montículos con radar de satélite, instrumentar los que crezcan, sondear las lagunas sospechosas y mantener el catálogo actualizado. Los servicios geológicos que trabajan en regiones árticas, entre ellos el estadounidense, aplican metodologías similares para el permafrost costero de Alaska, y la comparación entre regiones es la que permitirá saber si el fenómeno es local o solo se ha buscado en un sitio.
Preguntas frecuentes
¿Cuánto gas sale en una de estas aperturas?
No se ha medido directamente en ninguna, porque cuando alguien llega el episodio ya terminó. Las estimaciones se hacen a partir del volumen de material expulsado y de la concentración de metano medida en el conducto días o semanas después, lo que deja un margen de incertidumbre grande. Lo que consta es que se registraron concentraciones muy elevadas en el interior de los cráteres recién formados.
¿Se puede predecir dónde va a abrirse el próximo?
En parte. Los montículos precursores son detectables por satélite y en algunos casos se han identificado antes de la apertura. Lo que no se puede anticipar es el momento, porque depende de la resistencia local de la cubierta y de la presión acumulada, que no se miden desde el aire.
¿Hay peligro para quien se acerca?
Sí, y por dos motivos. El borde es inestable y se derrumba con el paso de una persona, y en el interior puede haber concentraciones de metano que desplacen el oxígeno. Las visitas científicas se hacen con descenso asegurado, detector de gases y sin permanecer en el fondo más de lo necesario.
¿Ocurre esto también bajo el mar?
En la plataforma continental ártica existen estructuras equivalentes, conocidas desde hace décadas, formadas por escape de gas a través de sedimentos con permafrost submarino relicto. El proceso es pariente del terrestre, aunque la presión del agua cambia bastante las condiciones.
¿Es un fenómeno nuevo o solo se ha empezado a mirar?
Las dos cosas, probablemente. La cobertura de satélite y la presencia industrial en la zona son recientes, así que antes había poca posibilidad de detectar algo así. Al mismo tiempo, el perfil de fondo de algunas lagunas indica episodios anteriores. Con la serie disponible no se puede afirmar todavía que la frecuencia haya aumentado.
