La anguila tardó un siglo en enseñar dónde desova

Durante siglos, nadie encontró una anguila con huevos. Se pescaban por millones en los ríos y en las marismas de media Europa, se comían, se salaban y se exportaban, y ni un solo ejemplar de los que llegaban a las lonjas mostraba gónadas maduras. Tampoco aparecían crías pequeñas en el agua dulce: las anguilas parecían llegar ya hechas y desaparecer sin dejar rastro.

Esa ausencia sostenida generó explicaciones que hoy parecen absurdas y en su momento eran razonables, desde la generación a partir del barro hasta la transformación de otros animales. No eran supersticiones populares: figuraban en tratados de historia natural.

La reconstrucción del ciclo completo tardó más de un siglo, se hizo por partes, y la última pieza, la observación directa de adultos llegando a la zona de reproducción, no se obtuvo hasta hace muy poco y por una vía que nadie tenía disponible antes: aparatos de registro que se sueltan solos del animal y flotan hasta la superficie para transmitir por satélite.

Un siglo de búsqueda, resumido

  • El problema inicial: ningún ejemplar capturado en agua continental presentaba gónadas maduras.
  • La primera pieza: la identificación, a finales del siglo XIX, de una larva descrita como especie propia.
  • La segunda: el rastreo de tallas larvarias por el Atlántico hasta localizar las más pequeñas.
  • La deducción: las larvas menores marcan la zona de origen; el desove nunca se vio.
  • La confirmación reciente: marcas electrónicas que siguieron a adultos hasta la zona esperada.
  • Lo que sigue abierto: nadie ha observado un desove, ni recogido huevos identificados en el mar.

Un animal que nadie había visto reproducirse

La anguila europea es un pez alargado que vive en ríos, lagos, marismas y aguas costeras de casi todo el continente. Ha sido durante siglos un recurso pesquero de primer orden, con artes específicas, temporadas y un comercio bien documentado desde la Edad Media.

Es decir, no era un animal raro ni inaccesible. Era un animal abundante, capturado en cantidades enormes, sobre el que existía un conocimiento práctico muy fino. Y aun así faltaba lo esencial: de dónde venían las crías.

El hueco no era de observación casual sino estructural. Los ejemplares que se capturan en agua continental están en fase de crecimiento, con las gónadas sin desarrollar. La maduración sexual se produce durante la migración marina, es decir, fuera del alcance de cualquier pesquería tradicional.

Un tratado de anatomía del siglo XVIII describió por fin la estructura ovárica del animal, resolviendo la duda de si tenía sexo diferenciado, pero eso no decía dónde ni cuándo se usaba. La pregunta seguía entera.

Las explicaciones anteriores y por qué duraron tanto

Antes de que hubiera respuesta hubo una sucesión de hipótesis, y merece la pena repasarlas porque muestran cómo se razona cuando falta una pieza clave.

La más antigua sostenía que las anguilas surgían del fango o del rocío, dentro de una idea general de generación a partir de materia inerte que se aplicaba también a insectos y a gusanos. Otra proponía que nacían de crines de caballo caídas al agua, una imagen que se apoyaba en el parecido superficial entre un pelo largo en suspensión y una larva filiforme. Una tercera las hacía derivar de otro pez, por transformación directa.

Ninguna es una fantasía popular sin más: todas intentaban explicar una observación real, que era la aparición masiva de animales pequeños en los estuarios sin fase intermedia visible. El error no estaba en la falta de curiosidad sino en la ausencia de un método capaz de seguir a un animal fuera del alcance de la vista.

Esa es la lección que el caso deja para otros expedientes: mientras falte la observación, cualquier relato coherente ocupa el hueco, y la coherencia interna no distingue una hipótesis buena de una mala.

La larva que se describió como otra especie

Mientras tanto, en el Mediterráneo se pescaba un animalito transparente, con forma de hoja de sauce, cuerpo comprimido y casi sin órganos visibles. Se le dio nombre científico propio y se clasificó como una especie de pez independiente.

El error es comprensible. Nada en su aspecto sugiere una anguila: es plano, translúcido, de pocos centímetros, con la cabeza minúscula y sin pigmento. Un animal así no se parece a un adulto cilíndrico y musculoso de medio metro.

Este tipo de confusión no es infrecuente en zoología marina, donde las fases larvarias de muchos grupos son tan distintas de los adultos que se describieron durante décadas como taxones separados. Las bases de datos taxonómicas conservan todavía esos nombres como sinónimos, un rastro documental de la época en que cada fase de un ciclo tenía ficha propia.

El experimento de Mesina que unió las dos piezas

Angulas translúcidas amontonadas en el interior de una red de malla fina y húmeda
James from Cheltenham, Gloucestershire / BY-SA 2.0

La conexión se estableció a finales del siglo XIX en el estrecho que separa Sicilia de la península italiana, un lugar donde las corrientes concentran organismos de aguas profundas y que era entonces el mejor punto de Europa para recolectar fauna pelágica.

Dos investigadores italianos capturaron ejemplares de aquella supuesta especie y los mantuvieron vivos en acuario. Lo que observaron resolvió el asunto: los animales adelgazaron, se estrecharon, perdieron la forma de hoja, adquirieron sección cilíndrica y pigmento, y se convirtieron en angulas.

El hallazgo es un ejemplo de método directo aplicado a un problema que llevaba siglos abierto: en lugar de discutir, se observó la transformación completa. Con eso quedó establecido que la especie tenía una fase larvaria marina y que, por tanto, se reproducía en el mar.

Quedaba la pregunta siguiente, y era enorme: ¿en qué parte del mar?

Veinte años de campañas siguiendo larvas pequeñas

La respuesta se buscó con una idea sencilla y una ejecución agotadora. Si las larvas crecen mientras derivan desde el punto de origen, entonces cuanto más cerca se esté de ese punto, más pequeñas serán las larvas capturadas. Basta con muestrear sistemáticamente y cartografiar tallas.

Un biólogo danés emprendió ese trabajo a comienzos del siglo XX. Durante casi dos décadas, con interrupciones por la guerra, se arrastraron redes de plancton por el Atlántico norte, se midieron decenas de miles de larvas y se anotó la posición de cada lance.

El mapa resultante fue concluyente en su lógica: las tallas disminuían de forma continua hacia el oeste, y las larvas más pequeñas aparecían en una región del Atlántico occidental subtropical, una zona de aguas cálidas y salinas caracterizada por la acumulación de algas flotantes que le dan nombre. Los resultados se publicaron a comienzos de los años veinte.

Conviene subrayar qué se demostró y qué no. Se demostró que las larvas más jóvenes proceden de esa región. No se observó ningún desove, ni se capturó un adulto reproductor, ni se recogieron huevos identificados como de la especie. La conclusión era una inferencia sólida, no una observación.

Lo que cambia el cuerpo del animal antes de partir

La fase que precede al viaje se llama plateada por el color que adquiere el animal, y es una transformación profunda que se puede describir con precisión.

El dorso se oscurece y los flancos adquieren un brillo metálico, un patrón de coloración típico de peces pelágicos que reduce la visibilidad en aguas abiertas. Los ojos aumentan de tamaño de forma notable y su pigmento visual se desplaza hacia longitudes de onda azules, las que dominan en profundidad.

El tubo digestivo degenera: el animal deja de alimentarse y hará todo el viaje con las reservas grasas acumuladas durante años en agua continental. La musculatura y la vejiga natatoria se modifican para soportar cambios de presión considerables, y la piel se engrosa.

Esa reorganización tiene una consecuencia práctica para la investigación. Un animal que no come no se puede capturar con anzuelo cebado en el mar, y uno que viaja a gran profundidad escapa a las artes habituales. Ahí está la razón técnica de que durante un siglo no se capturara ningún adulto en ruta.

El viaje: distancia, profundidad y el sube y baja diario

Masas de algas pardas flotando en la superficie de un mar abierto y muy azul
Symbiosis / BY 2.0

La distancia entre las zonas de engorde europeas y la región de origen de las larvas es enorme: entre cinco mil y más de diez mil kilómetros según el punto de partida, atravesando todo el Atlántico norte.

El animal no viaja en superficie. Los registros obtenidos con marcas electrónicas muestran un patrón de migración vertical diaria muy marcado: de noche asciende a profundidades de unos pocos centenares de metros y de día desciende a varios centenares más, a veces por debajo de los mil.

Ese comportamiento tiene explicaciones plausibles y ninguna confirmada. Reduce la exposición a depredadores visuales durante el día. Somete al animal a un ciclo térmico diario que podría regular la velocidad de maduración de las gónadas. Y expone al organismo a variaciones de presión que se han propuesto como señal fisiológica.

La velocidad medida resultó ser una sorpresa. Los desplazamientos registrados son más lentos de lo que exigiría llegar a la zona de desove en la primavera siguiente a la partida, lo que sugiere que una parte de los animales tarda más de un año en llegar y desova en una segunda temporada. Esa idea contradice el esquema clásico de un único ciclo anual sincronizado.

Qué añadió el marcado por satélite a la migración de la anguila europea

La técnica que resolvió el último tramo consiste en fijar al animal una marca que registra profundidad, temperatura y nivel de luz, y que al cabo de un tiempo programado se libera, flota hasta la superficie y transmite los datos almacenados a un satélite.

Es una herramienta pensada para peces grandes, y aplicarla a un animal alargado y relativamente delgado exigió resolver problemas de tamaño de la marca, de fijación y de efecto sobre la natación. Las primeras campañas europeas soltaron ejemplares desde varios puntos del continente y obtuvieron trayectorias parciales: muchos animales fueron depredados, otros perdieron la marca antes de tiempo, y las rutas reconstruidas llegaban como mucho a las inmediaciones de los archipiélagos atlánticos.

El salto llegó cuando se planteó el problema al revés: en lugar de soltar los animales en Europa y esperar que cubrieran todo el trayecto con la marca puesta, se marcaron ejemplares capturados ya en un archipiélago atlántico, mucho más cerca del destino. Con ese planteamiento, varios individuos alcanzaron la zona esperada y los datos lo registraron.

Ese resultado, publicado en la década pasada, es la primera evidencia directa de que adultos de la especie llegan efectivamente a la región donde las campañas de principios del siglo XX habían situado el origen de las larvas. Cierra un argumento que llevaba un siglo apoyado únicamente en la distribución de tallas.

Las etapas del ciclo, una por una

Fase Dónde Aspecto Duración aproximada
Huevo Atlántico occidental, en profundidad No observado en el medio natural Días
Larva foliácea Deriva atlántica hacia el este Transparente y con forma de hoja De uno a dos años o más
Angula Plataforma y estuarios europeos Cilíndrica y todavía translúcida Semanas a meses
Anguila amarilla Ríos, lagos y marismas Dorso oscuro y vientre amarillento De pocos años a más de veinte
Anguila plateada Salida al mar y travesía Flancos metálicos y ojos grandes Meses a más de un año
Adulto reproductor Zona de desove Sin observación directa Desconocida

La primera y la última fila son las que resumen el estado del conocimiento: dos extremos del ciclo que se infieren con solidez y que nadie ha visto.

Lo que sigue sin conocerse

La lista es más larga de lo que sugiere la idea de caso resuelto.

No se ha observado nunca un desove, ni se han recogido huevos en el mar con identificación genética confirmada. Todo lo que se sabe del acto reproductor procede de ejemplares madurados artificialmente en cautividad, que es un contexto distinto.

No se conoce la profundidad exacta a la que ocurre, ni el momento del año con precisión, ni si hay una zona única o varias. Tampoco se sabe cómo se encuentran los animales entre sí en un océano abierto tras años de viaje independiente, aunque se han propuesto señales químicas y magnéticas. Esa laguna es la habitual con especies que se reproducen a gran profundidad, un terreno donde los avances llegan tarde y por casualidad, igual que ocurrió con el gran cefalópodo que tardó siglos en ser filmado vivo.

Del lado larvario, sigue sin resolverse cuánto dura exactamente la deriva y hasta qué punto es pasiva. Las estimaciones varían entre poco más de un año y bastante más, y la diferencia importa porque cambia por completo el modelo de reclutamiento.

Y hay una cuestión de fondo con implicaciones prácticas: los estudios genéticos apuntan a que toda la especie forma una única población que se mezcla por completo en cada generación, sin subpoblaciones diferenciadas por río o por región. Si es así, cualquier medida de gestión local afecta a un recurso compartido por todo el continente.

Por qué el recuento de angulas se desplomó

El aspecto menos legendario del asunto es también el más urgente. La llegada de angulas a los estuarios europeos, que se mide desde hace décadas en series continuas, cayó de forma drástica a partir de los años ochenta, en porcentajes muy altos respecto a los niveles históricos.

Las causas propuestas son varias y probablemente actúan a la vez: sobrepesca de angula, con un mercado internacional de precios muy altos; barreras físicas en los ríos, presas y azudes que impiden la subida y trituran a los adultos que bajan por las turbinas; pérdida de humedales; contaminantes que se acumulan en la grasa y se movilizan durante la migración, cuando esa grasa es el único combustible; un parásito introducido que afecta a la vejiga natatoria y compromete el control de profundidad; y cambios en las corrientes oceánicas que alteran la deriva larvaria.

La especie figura hoy en las categorías de máxima preocupación de la lista roja internacional y está sujeta a regulación comercial internacional y a planes de gestión continentales.

Hay una ironía incómoda en el calendario. Justo cuando se ha conseguido documentar el tramo final de un ciclo buscado durante un siglo, el animal que lo realiza atraviesa el peor momento de su historia registrada. Y buena parte de lo que falta por saber, en particular qué ocurre en la zona de desove, depende de campañas oceanográficas en un área remota que los organismos de investigación marina, entre ellos la administración oceánica y atmosférica estadounidense, cubren solo de forma intermitente.

Preguntas frecuentes

¿Se ha visto alguna vez a una anguila desovando?

No en el medio natural. Se ha logrado inducir la maduración y la puesta en cautividad con tratamientos hormonales, y de ahí procede lo que se sabe sobre huevos y primeras fases. En el mar, nadie ha presenciado el acto ni ha recogido huevos identificados con seguridad.

¿Cómo se sabe entonces dónde desova?

Por dos vías independientes que coinciden. La distribución de tallas larvarias, que sitúa el origen en una región concreta del Atlántico occidental, y las trayectorias registradas por marcas electrónicas en adultos, que llegan a esa misma región. Coincidencia de métodos distintos es lo que da fuerza a la conclusión.

¿Vuelven las anguilas al río donde crecieron?

Todo indica que no. Los datos genéticos apuntan a una población única que se mezcla en cada generación, de modo que una angula que entra en un río del norte de Europa puede ser hermana de otra que entra en el Mediterráneo. Es lo contrario del modelo del salmón.

¿Por qué el viaje es de ida sin vuelta?

Porque el animal deja de alimentarse antes de salir y agota sus reservas durante la travesía y la maduración. La especie se reproduce una sola vez y muere, una estrategia que también se da en otros peces migradores.

¿Qué relación tiene con las anguilas de otras regiones?

Existen especies próximas en América y en Asia oriental, con ciclos equivalentes y zonas de desove propias. La americana comparte parcialmente el área de origen con la europea, lo que plantea preguntas abiertas sobre cómo se separan las dos poblaciones larvarias.

¿Por qué se tardó tanto en resolverlo?

Porque cada fase del ciclo ocurre en un medio distinto y ninguna arte de pesca las alcanza todas. Es el mismo obstáculo que ha retrasado la comprensión de otras migraciones largas, como se ve en el caso de la mariposa que cruza un continente o en otros comportamientos animales que costó décadas explicar.

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Escribe sobre animales mal identificados, formaciones geológicas raras y las explicaciones que la ciencia ya ha dado. Firma criptozoología y misterios naturales. Le interesa el momento exacto en que una observación se convierte en leyenda.

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