Un adulto que ha estado a punto de morir y cuenta lo que vivió suele describir un túnel, una luz al fondo, la revisión acelerada de su propia vida y el encuentro con personas que ya han muerto. Un niño de seis años que pasa por lo mismo cuenta cosas distintas: un perro, una figura amable que a veces es su profesora, un jardín, un juego.
Esa diferencia no es anecdótica y lleva discutiéndose desde los años ochenta, cuando alguien tuvo la idea de preguntar a menores supervivientes de parada cardíaca en lugar de a adultos. La razón por la que interesa es concreta: si el contenido de estos relatos procede en buena medida de lo que la persona ha oído contar antes, los niños pequeños deberían tener menos material con el que construirlo.
El argumento es bueno y tiene grietas. Lo que sigue compara los dos grupos elemento por elemento, señala qué parte de la diferencia se explica por la edad y qué parte por el modo de recoger el relato, y termina con las cautelas que exige entrevistar a un menor sobre esto.
Dos grupos de edad, la misma escala
- Lo que baja con la edad temprana: el túnel, la revisión de la vida y el contenido religioso explícito.
- Lo que sube: los animales, las figuras vivas conocidas y los escenarios de juego.
- Lo que se mantiene: la sensación de paz, la separación del cuerpo y la impresión de realidad intensa.
- El dato que ordena la discusión: los relatos infantiles son más cortos y menos estructurados.
- El sesgo principal: casi todo se recoge años después y a través de un adulto.
- La herramienta: las escalas de puntuación están validadas en adultos, no en menores.
Cómo llega el relato de un menor a un estudio
Antes de comparar contenidos hay que entender el filtro por el que pasan. Un niño que sobrevive a una parada cardíaca, a un ahogamiento o a un accidente grave no escribe un informe. Lo que llega al investigador ha pasado por varias manos.
La ruta habitual es esta: el niño dice algo, a menudo de forma fragmentaria y en un momento inesperado; un adulto de la familia lo registra o lo recuerda; ese adulto lo cuenta, meses o años después, a un clínico o a un investigador; y este lo transcribe en un formato comparable. Cada paso añade interpretación.
Existen estudios que entrevistan directamente al menor, y son los más valiosos, pero también los más difíciles: requieren consentimiento de los tutores, momento clínico adecuado, y una técnica de entrevista que no induzca contenido. En muchos casos el adulto está presente durante la entrevista, lo que introduce un efecto conocido sobre lo que el niño dice y sobre lo que calla.
La consecuencia práctica es que las diferencias observadas entre grupos de edad pueden reflejar tres cosas a la vez: diferencias reales en la experiencia, diferencias en la capacidad de contarla y diferencias en quién la recoge. Separar las tres es el problema metodológico central de este campo.
El inventario básico: qué se cuenta y qué no
Los elementos que se registran en cualquier relato de este tipo son un conjunto reducido y bastante estable: paz o ausencia de dolor, separación de la perspectiva respecto del cuerpo, paso por un espacio oscuro, percepción de una luz, encuentro con figuras, sensación de una frontera o límite, revisión de acontecimientos de la propia vida y regreso, voluntario o no.
En los relatos infantiles aparecen casi todos, pero no en las mismas proporciones ni con la misma elaboración. Lo que se observa de forma consistente es que el relato es más corto, con menos elementos por caso, y que la organización narrativa es más débil: menos secuencia y más escenas sueltas.
Esto último tiene una explicación evolutiva sencilla y hay que darla antes que cualquier otra. La capacidad de ordenar acontecimientos en una línea temporal, de situar causas y consecuencias y de construir un relato con principio y final se desarrolla durante la infancia. Un niño pequeño no cuenta peor porque su experiencia haya sido más pobre; cuenta con las herramientas que tiene.
El túnel casi no aparece antes de cierta edad
El elemento del corredor oscuro con luz al fondo es, en adultos, uno de los más citados. En muestras infantiles su frecuencia es notablemente menor, sobre todo por debajo de la edad escolar.
Hay dos lecturas y ambas son defendibles. La primera es cultural: el túnel es una imagen que circula en cine, televisión y conversación, y un adulto que intenta describir una experiencia difusa dispone de esa plantilla y la usa. Un niño de cinco años no la tiene y describe lo que sea que percibió con las palabras de su repertorio, que suelen ser espaciales y concretas.
La segunda es perceptiva. Lo que se ha propuesto como base del túnel es un patrón de pérdida de visión periférica por hipoperfusión de la retina y de la corteza visual, que deja un campo central iluminado rodeado de oscuridad. Ese mecanismo, descrito en la literatura biomédica que recogen organismos como los institutos nacionales de salud estadounidenses, no depende de la edad, así que si fuese la única causa, la frecuencia debería ser parecida en ambos grupos. No lo es, lo que sugiere que la etiqueta túnel es en parte una interpretación posterior aplicada a una percepción visual más ambigua.
Ninguna de las dos lecturas descarta a la otra. Lo más probable es que haya un fenómeno perceptivo común y una capa interpretativa que se aplica con el material disponible, y ahí sí manda la edad. Es un reparto parecido al que se discute en las hipótesis neurológicas sobre el túnel.
La revisión de la vida exige una vida
Este es el elemento con la diferencia más marcada y también el más fácil de explicar. La revisión panorámica de la propia biografía, con escenas encadenadas y a menudo con evaluación moral de lo hecho, es rara en relatos de menores y prácticamente inexistente en los más pequeños.
El motivo evidente es que hace falta biografía. Un niño de siete años tiene pocos años de memoria autobiográfica accesible, y los primeros de ellos están afectados por la amnesia infantil, el fenómeno por el que apenas se conservan recuerdos episódicos anteriores a los tres o cuatro años.
Hay un segundo motivo, menos citado y quizá más importante: la evaluación moral retrospectiva de la propia conducta requiere un desarrollo cognitivo que no está completo en la infancia temprana. Sin esa capacidad, no hay contenido que revisar en el sentido en que los adultos lo describen.
Que un elemento tan característico desaparezca por razones puramente cognitivas es un dato que juega a favor de quienes sostienen que el contenido de estos relatos se construye con lo que hay en la cabeza de quien los vive.
Los animales y las mascotas, un elemento casi exclusivo

En sentido contrario, hay contenido que aparece en menores y casi no aparece en adultos. El más llamativo es la presencia de animales: mascotas propias, animales conocidos y a veces animales genéricos en un entorno de campo o jardín.
La interpretación más directa es la misma que explica el resto: los niños construyen con su material, y en el mundo de un niño los animales ocupan un lugar central que en el de un adulto ya no ocupan. Las mascotas fallecidas, además, son con frecuencia la primera experiencia de muerte de una persona y el primer vínculo perdido.
Se han descrito también entornos de juego, jardines, colegios y casas familiares donde el adulto describe paisajes indefinidos o luminosos. Y las figuras encontradas tienden a ser identificables y cercanas, no arquetípicas.
Este bloque es coherente y tiene una consecuencia incómoda para las dos posiciones del debate: quien sostenga que el contenido refleja una realidad objetiva tiene que explicar por qué esa realidad cambia con la edad del observador; quien sostenga que es pura construcción cultural tiene que explicar el núcleo común que se mantiene.
Encuentros con personas vivas, no con difuntos
En relatos de adultos, las figuras encontradas son mayoritariamente personas fallecidas, y ese detalle se ha usado como argumento a favor de una interpretación no fisiológica, porque un producto de la imaginación tendería a incluir a quien uno echa de menos, esté vivo o muerto.
En menores el patrón se invierte: aparecen con frecuencia personas vivas, profesores, amigos, familiares presentes, junto a figuras protectoras sin identidad clara. Es una de las diferencias mejor documentadas y una de las menos citadas fuera del ámbito técnico.
La explicación más simple vuelve a ser la del repertorio disponible. Un niño de seis años conoce a pocas personas muertas. Su catálogo de figuras significativas está compuesto casi por completo de gente viva.
Conviene evitar dos usos abusivos de este dato. No demuestra que las experiencias adultas sean genuinas por incluir difuntos, porque el repertorio adulto también está lleno de ellos. Y no demuestra que las infantiles sean fantasía, porque el criterio de quién aparece no dice nada sobre el origen del episodio.
Elementos por grupo de edad, lado a lado
| Elemento | Menores de edad escolar | Adolescentes | Adultos |
|---|---|---|---|
| Sensación de paz o ausencia de dolor | Frecuente | Frecuente | Frecuente |
| Separación del cuerpo | Frecuente | Frecuente | Frecuente |
| Túnel u oscuridad con luz al fondo | Poco frecuente | Intermedio | Frecuente |
| Revisión de la propia vida | Muy rara | Poco frecuente | Frecuente |
| Animales o mascotas | Frecuente | Poco frecuente | Muy rara |
| Figuras vivas conocidas | Frecuente | Intermedio | Poco frecuente |
| Figuras religiosas explícitas | Poco frecuente | Intermedio | Frecuente |
| Longitud y estructura del relato | Corto y fragmentario | Intermedio | Largo y ordenado |
Las etiquetas son cualitativas a propósito. Los porcentajes publicados varían mucho de una serie a otra porque las muestras son pequeñas y los criterios de inclusión distintos; lo que se repite entre estudios es el sentido de cada diferencia, no su magnitud.
Qué pesa el bagaje cultural en cada grupo
La comparación por edades se usa habitualmente como prueba en un debate más amplio: hasta qué punto estos relatos están hechos de expectativa. La lógica es que si el contenido dependiera solo de lo aprendido, un niño muy pequeño no debería producir ningún elemento típico, y en cambio produce varios.
El argumento tiene fuerza en un punto concreto: los elementos nucleares, paz, separación del cuerpo e intensidad perceptiva, aparecen en todas las edades y en todos los contextos culturales estudiados. Eso apunta a un sustrato común que no se aprende.
Y tiene tres debilidades que conviene poner encima de la mesa. La primera es que los niños no son culturalmente vírgenes: a los cinco años ya han visto dibujos animados con cielos, ángeles y luces, y han oído explicaciones familiares sobre la muerte. La segunda es que el relato pasa por adultos que sí tienen todas las plantillas. Y la tercera es que las escalas con las que se puntúa fueron diseñadas y validadas con adultos, de modo que la ausencia de un elemento puede reflejar que la pregunta no estaba formulada para un niño.
El argumento del control natural y su punto débil
La versión fuerte del argumento sostiene que la infancia funciona como grupo de control natural frente a la hipótesis cultural. Es una idea elegante y merece ser evaluada en serio.
Un control natural válido exigiría que el grupo infantil difiriera del adulto en la variable cultura y en ninguna otra relevante. No es el caso. Difiere también en desarrollo cerebral, en capacidad narrativa, en memoria autobiográfica, en vocabulario, en cómo responde a la anoxia y en la medicación que recibe, porque los protocolos pediátricos no son los de adultos.
Con tantas variables cambiando a la vez, cualquier diferencia observada admite varias causas y el diseño no permite adjudicarla a ninguna. Es la limitación clásica de comparar grupos que difieren en más de una cosa, y en este caso es severa.
Un diseño mejor existiría y no se ha hecho a escala suficiente: comparar niños de contextos culturales muy distintos entre sí, con el mismo protocolo de entrevista y la misma escala adaptada a la edad. Si la diferencia entre culturas fuese pequeña dentro del grupo infantil y grande dentro del adulto, el argumento cultural quedaría bastante acotado.
Las cautelas al entrevistar a un menor

- Pregunta abierta primero. Nada de mencionar túneles, luces ni figuras antes de que el niño hable. La primera pregunta debe ser la más vaga posible.
- Sin adulto que complete. Si el cuidador está presente, que no intervenga ni corrija; su versión se recoge aparte y se compara.
- Sin repetir la pregunta. Repetir sugiere al niño que la primera respuesta no valía, y produce cambios de contenido para agradar.
- Dibujo antes que palabras, cuando la edad lo aconseje. El dibujo aporta contenido espacial sin obligar a un vocabulario que el niño no tiene.
- Registro literal y fechado. Transcripción textual, con la fecha del episodio y la de la entrevista, porque el intervalo es una variable.
- Historia clínica completa. Duración de la parada, fármacos administrados, fiebre, sedación y estancia en cuidados intensivos, porque el delirio y ciertos fármacos producen contenidos parecidos.
- Puntuación por dos evaluadores independientes. Y publicación del grado de acuerdo entre ambos, sin el cual la escala no significa nada.
Estas cautelas no son burocracia. La psicología del testimonio infantil ha documentado con detalle hasta qué punto una entrevista mal conducida genera contenido que después el niño recuerda como propio, y organismos profesionales como la asociación estadounidense de psicología mantienen guías específicas sobre entrevista a menores.
Qué se puede afirmar hoy sobre las experiencias cercanas a la muerte en niños
Se puede afirmar que ocurren, que una parte apreciable de los menores que sobreviven a episodios de compromiso vital grave relata algo, y que ese algo comparte un núcleo con lo que relatan los adultos. Se puede afirmar que el contenido varía con la edad de forma sistemática y en la dirección que predice el repertorio disponible de cada uno.
No se puede afirmar cuál es la prevalencia exacta, porque las series publicadas son pequeñas y sus criterios distintos. No se puede afirmar que la comparación por edades resuelva el debate sobre el origen de estos episodios, porque el diseño no lo permite. Y no se puede afirmar que la ausencia de un elemento en un relato infantil signifique que no se experimentó, porque puede significar solo que no se supo decir.
Quien acompañe a un niño que cuenta algo así tiene una tarea más sencilla que la del investigador: escuchar sin corregir, no interpretar en ninguna dirección y consultar con el equipo médico si aparece angustia sostenida, alteración del sueño o miedo persistente. Nada de esto sustituye a la valoración de un profesional cuando el episodio deja secuelas emocionales. Es el mismo criterio que se aplica en el abordaje clínico de estas experiencias en adultos.
Preguntas frecuentes
¿Con qué frecuencia ocurre en menores?
Las cifras publicadas varían mucho, desde una minoría pequeña hasta la mayoría de los supervivientes en algunas series muy reducidas. Esa dispersión refleja el tamaño de las muestras y la forma de preguntar, no una variabilidad real conocida.
¿Por qué casi no aparece la revisión de la vida?
Porque requiere una memoria autobiográfica extensa y una capacidad de evaluación retrospectiva que se desarrollan con la edad. Es la diferencia con explicación más sólida de todas las descritas.
¿Los niños pueden estar repitiendo lo que han visto en pantalla?
En parte, sí, y por eso el diseño de la entrevista importa tanto. Lo que no se explica bien por esa vía es el núcleo común de paz, separación del cuerpo e intensidad perceptiva, que aparece también en niños muy pequeños con poca exposición a esos contenidos.
¿Deja secuelas contarlo o no contarlo?
Lo que se ha descrito es que el silencio pesa más que el relato. Un menor que intenta contarlo y encuentra incredulidad o alarma tiende a callarlo durante años. Escuchar sin dramatizar es la respuesta que recomiendan los equipos de cuidados intensivos pediátricos.
¿Influyen los fármacos de la reanimación?
Pueden influir, y por eso la historia clínica completa es parte del protocolo. Varios sedantes y anestésicos producen estados disociativos con contenidos que se solapan parcialmente con estos relatos, y a eso se suma el efecto de la propia falta de oxígeno, tratado aparte en lo que la anoxia cerebral explica de estos episodios.
¿Cambia el relato si se pregunta años después?
Sí, y de forma predecible: se alarga, se ordena y adquiere elementos que no estaban en la primera versión. Por eso el intervalo entre el episodio y la entrevista se considera una variable de control, y por eso los pocos estudios con recogida temprana valen más que muchos retrospectivos, como ocurre también con los testimonios adultos recogidos mucho después.
