Zugarramurdi tuvo un inquisidor escéptico antes de tener museo

En el pueblo hay hoy un museo, una cueva iluminada con pasarelas y una fiesta de verano en la que se asa cordero para varios cientos de personas. En el folleto turístico aparecen las brujas, la cueva y el aquelarre. Lo que casi no aparece es el hombre que, un año después de la hoguera, recorrió el valle preguntando y llegó a la conclusión de que allí no había pasado nada.

Ese contraste es lo interesante del caso. La localidad navarra que dio nombre al proceso de brujería más famoso de la península tiene, en el mismo expediente que la hizo célebre, uno de los documentos escépticos más tempranos y mejor argumentados de la Europa moderna.

El expediente existe, está fechado y se puede consultar. Conviene leerlo antes que el folleto, porque las dos versiones no cuentan la misma historia.

El expediente en seis líneas

  • Dónde: una localidad del norte de Navarra, junto a la frontera, con una cueva atravesada por un arroyo.
  • Cuándo: las denuncias arrancan hacia 1609 y el auto de fe se celebra en Logroño en noviembre de 1610.
  • Qué consta: una cincuentena de causas relacionadas con brujería y once condenas a la hoguera, cinco de ellas en efigie.
  • Quién discrepó: el tercero de los inquisidores del tribunal, incorporado poco antes, que votó en contra.
  • Qué hizo después: una visita al territorio con edicto de gracia, recogiendo miles de declaraciones, y tres informes al consejo.
  • Qué cambió: unas instrucciones de 1614 que endurecieron los requisitos de prueba y frenaron los procesos.

Dónde está el pueblo y qué hay en la cueva

Caseríos de piedra y tejados rojos dispersos en un valle verde del norte peninsular

La localidad se encuentra en el extremo norte de Navarra, en un valle pequeño pegado a la frontera con Francia, de caseríos dispersos, prados y bosque. La comunicación histórica con el lado francés era constante: pastos compartidos, matrimonios cruzados y comercio, incluido el de contrabando.

A las afueras hay un túnel natural excavado por un arroyo en la roca caliza, de más de cien metros de recorrido y una bóveda alta, con dos galerías laterales. El arroyo que lo atraviesa lleva un nombre que se traduce como regata del infierno, y ese topónimo aparece en la documentación posterior al proceso, no antes.

El lugar reúne todo lo que una asamblea nocturna clandestina necesitaría: espacio amplio, techo, entrada discreta y agua. También reúne, y esto importa igual, todo lo que un prado comunal cualquiera del valle ofrece, porque el término vasco que se tradujo como aquelarre designa literalmente un prado y un macho cabrío, no una cueva.

1609: cómo empieza la denuncia

El detonante documentado es una joven que regresa al pueblo tras haber vivido una temporada al otro lado de la frontera y empieza a contar que ha participado en reuniones nocturnas y a señalar a vecinas concretas. La acusación circula, se acumulan otras, y el asunto sale del ámbito local.

El contexto exterior explica por qué prende tan rápido. En el territorio vecino del lado francés se estaba desarrollando en esos mismos meses una campaña de persecución intensa, dirigida por un magistrado enviado desde la corte, con centenares de personas interrogadas y ejecuciones. Las noticias cruzaban la frontera con la misma facilidad que el ganado.

Las primeras confesiones locales se obtienen en el propio pueblo, con presión de vecinos y del párroco, antes de que intervenga ningún tribunal. Ese detalle será decisivo después: cuando llega la Inquisición, el relato ya está formado, tiene vocabulario propio y una lista de nombres.

El patrón de las acusaciones también dice algo. Las señaladas son en buena parte mujeres mayores, viudas, personas con pleitos de linderos o de herencia y familias enfrentadas por el uso de pastos. La lista de sospechosos se parece bastante a la lista de conflictos vecinales pendientes, y esa coincidencia se repite en casi todos los brotes documentados de la época.

Qué consta en las actas del proceso de brujas de Zugarramurdi

Las causas se instruyen en el tribunal de Logroño, competente sobre Navarra, La Rioja y las provincias vascas. Los detenidos son trasladados allí y los interrogatorios se prolongan durante meses, con confesiones que se van pareciendo cada vez más entre sí.

El contenido de esas declaraciones es el catálogo europeo estándar de la época: vuelos nocturnos, un macho cabrío que preside la reunión, banquetes, renuncia a la fe, ungüentos, daños al ganado y a las cosechas, muertes de niños. Aparecen también elementos locales, como la desecación de manzanales y el uso de sapos.

Lo que no aparece en ninguna parte del expediente es prueba material de nada. No hay cuerpos, no hay sustancias analizadas, no hay testigo externo de una sola reunión. Toda la construcción se sostiene sobre confesiones y sobre delaciones cruzadas, un mecanismo que se autoalimenta porque cada confesión exige nombrar a otros.

La homogeneidad creciente de los relatos es en sí misma un indicio, y en sentido contrario al que se le dio entonces. Cuando varias personas describen por separado un hecho real, sus versiones difieren en los detalles periféricos. Cuando convergen hasta el detalle en un relato que ninguno presenció, lo más probable es que estén reproduciendo una fuente común, y en este caso la fuente común eran los propios interrogatorios y lo que se leía en voz alta durante ellos.

El auto de fe de Logroño y las cifras reales

El acto público se celebra en Logroño en noviembre de 1610 y dura dos días. Junto a causas de otros delitos, se relacionan alrededor de medio centenar de personas procesadas por brujería. La mayoría son reconciliadas, es decir, readmitidas tras confesar, con penas de cárcel, confiscación y destierro.

Once son condenadas a la hoguera. De ellas, cinco habían muerto ya en la cárcel durante la instrucción y fueron quemadas en efigie, con una figura que las representaba. Las seis restantes fueron ejecutadas.

Esas cifras conviene fijarlas porque circulan versiones muy infladas. El proceso fue grave, público y letal, y no necesita exageración: seis personas ejecutadas y cinco condenadas después de morir presas es un dato suficientemente duro por sí mismo.

El inquisidor que votó en contra

El tribunal lo formaban tres inquisidores. El tercero se había incorporado poco antes del proceso, procedía de la carrera jurídica y no compartía la valoración de sus dos colegas. Firmó un voto discrepante sobre buena parte de las condenas, sosteniendo que las confesiones no estaban corroboradas por ningún hecho comprobable.

Su argumento no era teológico. No discutía si la brujería era posible, cuestión que en su época y en su cargo no habría podido plantear, sino si estaba probada en aquellos autos concretos. Distinguía entre lo que alguien confiesa y lo que consta, que es la distinción que sostiene cualquier procedimiento de prueba.

Perdió la votación. Las condenas se ejecutaron. Y a continuación hizo algo que casi nadie hacía entonces: pedir permiso para ir a comprobarlo sobre el terreno.

Merece la pena entender por qué pudo hacerlo. El tribunal funcionaba con un procedimiento escrito, con actas de cada sesión, votos individuales de los inquisidores y una instancia superior a la que se elevaban las discrepancias. Ese armazón burocrático, pensado para controlar a los propios jueces, es lo que dejó constancia de la disidencia y lo que permitió que una comprobación posterior tuviera efectos.

La visita de 1611 y el edicto de gracia

Al año siguiente recorrió durante meses las comarcas afectadas con un edicto de gracia, un instrumento que permitía a quien se autoinculpara ser perdonado sin pena. En términos prácticos, quitaba el miedo a confesar y por tanto eliminaba el principal incentivo para mentir en un sentido o en otro.

Recogió una cantidad enorme de declaraciones, más de mil ochocientas, y aquí está el dato que da la vuelta al caso: la gran mayoría procedía de menores de edad, muchos de ellos niños pequeños. Un movimiento de brujería adulta y clandestina que se confiesa mayoritariamente por boca de criaturas de nueve o diez años es, por su propia composición, sospechoso.

El inquisidor fue más allá de contar declaraciones. Contrastó relatos entre sí, buscó los lugares señalados, pidió que le entregaran los ungüentos y los polvos de los que hablaban las confesiones y los hizo examinar. Comprobó que muchas retractaciones aparecían en cuanto se garantizaba que no habría castigo, y que buena parte de las confesiones iniciales se habían obtenido tras presiones de vecinos y de párrocos.

Uno de sus procedimientos merece destacarse por lo moderno que resulta. Cuando alguien afirmaba haber estado en una reunión determinada, le pedía que precisara la fecha, el lugar y quién más había asistido, y después cotejaba esas respuestas con las de los demás declarantes. Las contradicciones aparecían de inmediato: personas que se situaban en sitios distintos la misma noche, reuniones que nadie más recordaba, testigos que colocaban en la asamblea a vecinos que estaban comprobadamente en otro sitio.

Los informes y lo que sostenían

Páginas manuscritas antiguas con tinta desvaída y letra apretada sobre papel amarillento
Hartmut Schmidt, Heidelberg / CC BY-SA 4.0

De aquella visita salieron varios informes dirigidos al consejo superior de la Inquisición. Su conclusión, expresada con la prudencia que exigía el cargo, era que no había encontrado un solo hecho que pudiera considerarse probado, y que el fenómeno se había extendido a partir de que se empezara a hablar y a escribir de él.

Señalaba mecanismos concretos: la sugestión colectiva, la presión sobre los detenidos, la contaminación entre declarantes que habían compartido celda, la costumbre de leer a un acusado lo que había dicho otro y la propagación del vocabulario a través de sermones y de las propias visitas de inspección.

Ese diagnóstico, escrito a comienzos del siglo XVII, describe con exactitud el mecanismo que hoy se analiza en cualquier episodio de construcción colectiva de un relato de lugar: primero se difunde una plantilla narrativa, después aparecen testimonios que la reproducen, y al final el volumen de testimonios se presenta como prueba de la plantilla.

Las instrucciones de 1614 y su efecto

El consejo tardó, pero acabó dando la razón al informe. En 1614 se aprobaron unas instrucciones internas que endurecían los requisitos para procesar por brujería: exigencia de corroboración externa, cautelas sobre las confesiones de menores, prohibición de dar por buena una delación sin más y advertencia expresa contra la publicidad de los edictos, que difundía el modelo que decía combatir.

El efecto fue considerable. Los grandes procesos de brujería desaparecen prácticamente del territorio bajo jurisdicción de aquel tribunal a partir de entonces, mientras al otro lado de los Pirineos y en buena parte de Europa central las persecuciones continúan durante décadas, con un número de ejecuciones muy superior.

Conviene evitar el elogio fácil. La institución que frenó estos procesos era la misma que perseguía otras cosas con dureza, y el freno llegó después de seis ejecuciones. Lo que el caso demuestra no es benevolencia, sino que un criterio de prueba aplicado en serio bastó para detener una dinámica que en otros sitios se llevó por delante a miles de personas.

Lo que consta y lo que se añadió después

Afirmación corriente Situación documental
Hubo un proceso con ejecuciones en 1610 Consta en las actas y en las relaciones del auto de fe
Las reuniones se celebraban en la cueva No consta; el término empleado designa un prado
El arroyo se llamaba así desde siempre El topónimo se documenta con posterioridad al proceso
Un inquisidor recorrió el valle y lo desmintió Consta; se conservan sus informes al consejo
Miles de personas fueron quemadas en la zona No consta; las ejecuciones documentadas son seis
Existía un culto organizado preexistente No hay prueba material ni testimonio externo

La fila del culto organizado es la que más literatura ha generado. La hipótesis de que estos procesos persiguieron restos de una religión antigua tuvo predicamento a comienzos del siglo XX y hoy carece de apoyo entre los historiadores del periodo, por la misma razón que falla en el resto de Europa: el contenido de las confesiones reproduce los manuales de los perseguidores, no una práctica anterior.

El museo, la cueva y el negocio de hoy

El pueblo abrió a mediados de la década pasada un museo dedicado al proceso, instalado en un antiguo edificio hospitalario, con material documental sobre la época, la medicina popular y la propia mecánica del juicio. La cueva se visita con acceso señalizado y forma parte del recorrido.

En agosto se celebra una fiesta con asado colectivo de cordero en la propia cueva, que reúne a mucha gente. Y una comedia de cine estrenada en 2013 tomó el nombre del pueblo para una trama que no tiene relación con los hechos históricos, lo que multiplicó la afluencia de visitantes.

No hay nada reprobable en que una localidad pequeña viva de su historia. El problema aparece cuando el reclamo sustituye al expediente, y quien llega se marcha convencido de que allí hubo brujas de verdad, o de que hubo cientos de hogueras. Es el mismo desplazamiento que convirtió otros lugares en destino de leyenda, como ocurrió con el castillo asociado al mito del vampiro, cuya relación con el personaje literario es prácticamente inexistente.

Cómo se comprueba una historia así

  1. Busque la relación del auto de fe. Estos actos generaban un documento impreso con la lista de procesados y sus penas. Es la fuente primaria más accesible y fija las cifras.
  2. Distinga confesión de hecho probado. Un expediente lleno de declaraciones coincidentes no prueba el hecho: puede probar que todos oyeron la misma historia.
  3. Fecha los topónimos. Un nombre de lugar que solo aparece en fuentes posteriores al episodio suele ser consecuencia del relato, no su origen.
  4. Compruebe el contexto transfronterizo. Casi ningún brote de este tipo es local; suele haber una persecución vecina unos meses antes.
  5. Rastree la cifra inflada hasta su primera aparición. Las cantidades exageradas suelen tener un autor identificable y una fecha, casi siempre muy posterior.
  6. Consulte los fondos digitalizados. Bibliotecas nacionales como la española ofrecen acceso a impresos de la época que permiten leer la fuente sin intermediarios.

Preguntas frecuentes

¿Se celebraban realmente reuniones en la cueva?

No hay ninguna prueba de ello. La palabra que se tradujo como aquelarre significa prado del macho cabrío, y las confesiones hablan de prados y descampados. La identificación de la cueva como escenario es posterior y se consolidó con el turismo, no con el expediente.

¿Cuántas personas murieron en total?

En el auto de fe fueron ejecutadas seis, y otras cinco, ya fallecidas en prisión, fueron quemadas en efigie. Las cifras de cientos o miles que a veces se citan no proceden de ninguna fuente documental de aquel proceso.

¿Por qué confesaron cosas imposibles?

Por una combinación de presión, aislamiento, sugestión y expectativa. Cuando se pregunta insistentemente por un contenido concreto y se premia la confesión con el fin del interrogatorio, aparece ese contenido. Es un mecanismo estudiado a fondo en psicología del testimonio y el mismo que produce declaraciones falsas en investigaciones actuales.

¿Qué pasó con el inquisidor discrepante?

Continuó su carrera dentro de la institución y llegó a formar parte del consejo superior. Sus informes se conservaron en el archivo del organismo y son la razón por la que hoy se puede reconstruir el caso desde dentro, con documentación de la propia parte acusadora.

¿Se ha estudiado si los ungüentos tenían algún efecto?

Se ha planteado la hipótesis de preparados con plantas de la familia de las solanáceas, capaces de producir delirio y sensación de vuelo. Es plausible desde el punto de vista farmacológico, pero en este expediente concreto los materiales entregados durante la visita fueron examinados y no resultaron ser nada de eso. Organismos de investigación como el consejo superior de investigaciones científicas mantienen líneas sobre etnobotánica que permiten situar esas plantas en su uso histórico real.

¿Tiene esto que ver con las leyendas de licántropos y vampiros?

Comparte mecanismo procesal. En los tres casos hay un modelo previo difundido por los perseguidores, un procedimiento que premia la confesión y un archivo posterior que se lee como catálogo de criaturas. Se ve bien en el recorrido de los procesos por licantropía y en el de los casos que alimentaron el mito del vampiro, ambos con expedientes administrativos detrás.

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Rastrea el origen documental de leyendas y de los lugares que arrastran fama de encantados. Se ocupa del folclore y de los relatos de lugar. Trabaja con archivos y prensa local antes que con testimonios de segunda mano.

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