En Tasmania hay cámaras trampa funcionando de forma permanente desde hace más de dos décadas. Las instalaron programas de seguimiento del demonio de Tasmania cuando la enfermedad tumoral empezó a diezmar la especie, y desde entonces no han dejado de acumular imágenes: millones de fotografías nocturnas de todo lo que se mueve en el bosque.
Esas cámaras fotografían demonios, cuoles, ualabíes, pademelones, ornitorrincos, gatos asilvestrados y perros. Han documentado especies raras, comportamientos poco descritos y la expansión de fauna introducida. No han fotografiado nunca un tilacino.
Ese dato, por sí solo, no cierra nada. Lo que hace es convertir la pregunta en algo que se puede calcular: si el animal existiera, con este esfuerzo de muestreo, ¿cuál sería la probabilidad de no haberlo detectado ni una vez? Lo que sigue responde esa pregunta y las que van con ella.
Lo que responde este artículo, en corto
- Último ejemplar seguro: el que murió en cautividad en un zoológico de Hobart en septiembre de 1936.
- Causa principal de la desaparición: caza sistemática con recompensa pública, más enfermedad y pérdida de hábitat.
- Avistamientos posteriores: más de un millar recogidos en bases de datos oficiales y particulares.
- Pruebas físicas desde 1936: ninguna verificada. Ni cuerpo, ni atropello, ni excremento con perfil genético.
- Esfuerzo de cámaras: del orden de cientos de miles de noches de cámara acumuladas en la isla.
- Lectura estadística: la ausencia sostenida de detecciones con ese esfuerzo hace muy improbable una población viable.
¿Cuándo se vio el último ejemplar con seguridad?
El último animal del que existe registro documental murió en cautividad en un zoológico de la capital tasmana en septiembre de 1936. Hay fotografías y película de aquel ejemplar, y esas imágenes son la base de todo lo que se sabe sobre cómo se movía la especie.
El detalle administrativo es amargo: la protección legal de la especie se había aprobado apenas unas semanas antes de esa muerte. Cuando llegó la norma, la población ya era residual.
La declaración formal de extinción tardó bastante más. Los criterios internacionales exigen un periodo prolongado sin registros verificados antes de mover una especie a esa categoría, y la lista roja de referencia, gestionada por la unión internacional para la conservación de la naturaleza, no la reclasificó hasta la década de los ochenta.
Conviene distinguir dos fechas que suelen confundirse: la del último individuo conocido y la de la extinción real de la población silvestre. La segunda es necesariamente posterior y no se conoce con precisión, porque la desaparición del último animal de un bosque no la presencia nadie.
¿Por qué desapareció tan rápido?
Actuaron varios factores a la vez y ninguno basta por sí solo.
El principal fue una campaña de recompensas pagadas por el gobierno colonial durante unas dos décadas a finales del siglo XIX y comienzos del XX, con más de dos mil cabezas registradas oficialmente. A esa cifra hay que sumar las capturas no declaradas y las promovidas por compañías ganaderas antes de que existiera el programa oficial.
El segundo fue la transformación del territorio: la conversión de bosque abierto en pastos, la fragmentación del hábitat y la competencia con perros y con fauna introducida.
El tercero, peor documentado, es una posible epizootia a comienzos del siglo XX que habría reducido la población ya diezmada. Se apoya en los relatos de escasez repentina de la época y no en material clínico.
Y el cuarto es demográfico: la especie tenía una distribución insular, una población base modesta y una tasa reproductiva baja para un carnívoro. Con esos parámetros, una presión sostenida de caza durante veinte años basta para llevarla por debajo del umbral de recuperación.
¿Cuántos avistamientos de tilacino se han registrado desde entonces?
Muchos, y ese es precisamente el punto de partida del debate. Las bases de datos que reúnen informes desde 1936, incluidas las de organismos de fauna del estado, superan el millar de entradas, con un goteo continuo que no se ha detenido en noventa años.
Los informes proceden de residentes rurales, trabajadores forestales, cazadores, conductores y visitantes. Algunos son detallados, con hora, lugar y descripción de rasgos concretos como el patrón de bandas en el lomo o la rigidez característica de la cola. Otros son observaciones fugaces de un animal cruzando una carretera de noche.
Hubo además, en las décadas centrales del siglo XX, búsquedas oficiales y expediciones patrocinadas, con seguimiento de rastros, colocación de trampas y entrevistas sistemáticas a informantes locales. Ninguna produjo material verificable.
Ese volumen de informes es el argumento más citado a favor de la supervivencia, y también el más frágil, porque un recuento de testimonios sin verificación no mide presencia de animales: mide presencia de expectativa.
¿Qué pinta tienen esos avistamientos cuando se ordenan?
Cuando se analiza el conjunto en lugar de los casos sueltos, aparecen regularidades que dicen bastante.
La primera es geográfica: los informes se concentran cerca de carreteras y de zonas habitadas, y escasean en el interior de las áreas silvestres extensas. Eso es lo esperable de una distribución de observadores, no de una distribución de animales esquivos.
La segunda es horaria: predominan las observaciones nocturnas o crepusculares, a menudo desde un vehículo en marcha y con iluminación de faros, es decir, en las peores condiciones posibles para identificar un animal de tamaño medio.
La tercera es temporal: la frecuencia de informes sube tras episodios de cobertura mediática y baja después. Ese acoplamiento con la atención pública es la firma característica de un fenómeno de percepción, no de un fenómeno biológico.
La cuarta es de contenido: la proporción de informes que mencionan las bandas del lomo es alta, y es justamente el rasgo que todo el mundo conoce por las fotografías del ejemplar de 1936. Es el mismo mecanismo de plantilla que estructura las descripciones de otros animales legendarios recientes.
¿Cuántas cámaras trampa hay funcionando en Tasmania?

No existe un censo único porque hay varios programas simultáneos, públicos y privados, pero el orden de magnitud está claro. Los programas de seguimiento de carnívoros nativos mantienen redes de cámaras en decenas de localidades, con estaciones que se dejan operando durante semanas o meses cada temporada.
La unidad de medida del esfuerzo es la noche de cámara, que es una cámara funcionando durante una noche. Sumando campañas de gestión de fauna, tesis universitarias, seguimiento de especies invasoras, proyectos forestales y muestreos específicos, el acumulado en la isla desde comienzos de siglo se cuenta en centenares de miles de noches de cámara.
Además de las cámaras institucionales hay una red informal enorme: cámaras de aficionados, dispositivos de caza, cámaras de seguridad rurales y, desde hace quince años, teléfonos móviles con cámara en el bolsillo de cualquiera que recorra un camino.
Ese conjunto es lo que convierte el argumento en cuantitativo. No se trata de que nadie haya buscado: se trata de que la isla lleva décadas fotografiándose a sí misma de forma continua.
¿Qué probabilidad de detección tiene un carnívoro de ese tamaño?
Se puede estimar por comparación, que es el procedimiento habitual en ecología.
En la misma isla y con las mismas cámaras se detecta de forma rutinaria al demonio de Tasmania y al cuol moteado, dos carnívoros nocturnos, esquivos y de tamaño comparable o menor. Aparecen en un porcentaje alto de las estaciones y con muchas capturas por estación cuando están presentes en la zona.
Un tilacino era un animal mayor, de hábitos crepusculares y nocturnos, que recorría distancias considerables y que en las descripciones históricas usaba caminos y trochas. Un animal con esas características tiene, si acaso, mayor probabilidad de cruzarse con una cámara que un cuol.
Con esa base se puede calcular cuántas noches de cámara harían falta para detectar al menos un individuo si existiera una población pequeña pero viable, digamos de unas pocas decenas de ejemplares repartidos por el territorio. El número que sale es muy inferior al esfuerzo ya realizado.
De ahí la conclusión estadística: no es que sea imposible que exista, es que la probabilidad de que exista una población viable y no haya aparecido ni una vez es baja, y baja de forma cuantificable.
Conviene señalar el matiz que hace honesto ese cálculo. Las cámaras no están repartidas al azar por la isla: se colocan donde interesa a cada programa, cerca de pistas forestales, en zonas de gestión de fauna y en áreas de estudio concretas. Una distribución sesgada reduce la potencia real del muestreo respecto al número bruto de noches de cámara, y quien defienda la supervivencia puede apoyarse legítimamente en ese punto. Lo que no puede es ignorar que las mismas cámaras sesgadas detectan sin problema a los demás carnívoros de la isla.
¿Qué significa entonces una ausencia de registros?
| Escenario | Detecciones esperadas con el esfuerzo actual | Compatible con lo observado |
|---|---|---|
| Población viable extendida | Muchas, en varias regiones | No |
| Población pequeña y localizada | Alguna, con el tiempo | Muy poco |
| Unos pocos individuos en zona remota | Muy pocas, quizá ninguna | Posible pero sin apoyo |
| Extinción a mediados del siglo XX | Ninguna | Sí |
La tercera fila es la que sostiene la esperanza, y hay que ser justo con ella: un puñado de animales en un área remota podría escapar de la detección durante mucho tiempo. El problema es que un puñado de animales no es una población: por debajo de cierto número, la extinción llega igual por razones demográficas y genéticas, aunque nadie dispare un tiro.
¿Y las pruebas físicas: excrementos, pelo, atropellos?
Esta es la parte del expediente que más pesa y la que menos se comenta.
El atropello es, en Tasmania, la principal fuente de ejemplares de fauna para museos y para estudios genéticos. La isla tiene una mortalidad por atropello altísima y los animales muertos en carretera se recogen y se registran de forma sistemática. Desde 1936 no ha aparecido ninguno de esta especie.
Los excrementos permiten identificación genética fiable y se recogen de forma rutinaria en estudios de dieta de carnívoros. Ninguna muestra ha dado perfil compatible. Lo mismo ocurre con las muestras de pelo recogidas en trampas de pelo, un dispositivo pensado exactamente para esto.
Y no ha aparecido ningún resto óseo reciente, ni ninguna presa con marcas de mordedura atribuibles a la especie, en un contexto donde la depredación sobre ganado se investiga con detalle.
La asimetría es lo que importa: hay miles de informes visuales y cero material. Cuando una especie existe, ambas cifras crecen juntas, como ocurrió con los animales que pasaron de leyenda a descripción formal. Cuando solo crece la primera, lo que se está midiendo es otra cosa.
¿Con qué se puede confundir a distancia?

La lista de candidatos es corta y todos ellos están presentes en la isla.
Un perro asilvestrado de tamaño medio, visto de noche a la luz de unos faros, ofrece la silueta general y la altura. Un cuol moteado grande tiene el pelaje corto y la constitución, aunque es mucho menor. Un ualabí en determinada postura, sobre todo agachado y de perfil, produce una silueta sorprendentemente parecida a la de un cánido.
Un gato asilvestrado grande, que en Tasmania alcanza tallas considerables, se confunde con frecuencia por el modo de andar. Y un demonio de Tasmania joven, con el dorso claro y en movimiento rápido, ha originado informes documentados.
A eso se añade el factor que decide casi todo: sin referencia de escala, el tamaño estimado a distancia y de noche tiene un error enorme. El mismo problema arruina la interpretación de las grabaciones más discutidas de otros críptidos, donde toda la discusión se reduce a cuánto medía el sujeto filmado.
¿Qué dicen los modelos sobre la fecha de extinción?
Existen métodos estadísticos que estiman la fecha probable de extinción de una especie a partir de la serie temporal de registros, ponderando cada uno por su fiabilidad. Se desarrollaron para paleontología y se aplican también a extinciones recientes.
Aplicados a la base de registros de esta especie, que incluye capturas históricas, avistamientos de distinta calidad y material físico, los resultados sitúan la extinción más probable en las décadas centrales del siglo XX, con intervalos que en los escenarios más generosos se estiran algunas décadas más.
Estos modelos tienen una limitación honesta y sus autores la señalan: son muy sensibles a cómo se puntúa la fiabilidad de cada registro. Si se aceptan como válidos los avistamientos recientes, la fecha estimada se desplaza hacia el presente; si solo se admite material físico, se retrae. El resultado depende del criterio de entrada, y por eso se publican varios escenarios en lugar de una cifra.
Aun con esa cautela, ningún escenario razonable sitúa la extinción después del cambio de siglo, y esa coincidencia entre métodos distintos es lo que le da peso.
Hay un uso indebido de estos modelos que conviene desactivar. Que un cálculo devuelva una fecha probable no significa que en esa fecha ocurriera algo comprobado: es una inferencia a partir de la densidad de registros, y su intervalo de confianza suele ser amplio. Sirve para descartar escenarios extremos, no para poner una lápida con año. Quien cite la cifra central sin el intervalo está haciendo con la estadística lo mismo que critica en quienes citan una fotografía sin su procedencia.
¿Qué haría falta para reabrir el caso?
- Una fotografía con escala. Imagen nítida con objeto de referencia en el encuadre, metadatos íntegros y coordenadas.
- Material biológico. Pelo, excremento o tejido con perfil genético compatible, obtenido con cadena de custodia.
- Repetición espacial. Detecciones independientes en la misma zona y en fechas distintas, no un episodio aislado.
- Muestreo dirigido con diseño previo. Malla de cámaras en el área señalada, con esfuerzo y criterio de éxito publicados antes de empezar.
- Muestreo de agua. Análisis genético del agua de arroyos y charcas de la zona, que detecta especies presentes sin necesidad de verlas.
- Revisión independiente. Material examinado por un equipo que no participara en el hallazgo.
El primer punto es hoy más fácil que nunca y sigue sin cumplirse. Con cámaras en todos los bolsillos y en todos los troncos, la ausencia de una sola imagen inequívoca durante noventa años es el dato más elocuente del expediente.
Preguntas frecuentes
¿Se ha buscado también en la Australia continental?
Sí, en la península nororiental, tras informes de observación. Se instalaron cámaras y no se obtuvo ninguna imagen atribuible a la especie. En el continente, además, la desaparición ocurrió hace milenios, lo que hace la hipótesis mucho más costosa de sostener.
¿Qué pasa con las supuestas grabaciones que circulan?
Las que se han sometido a examen corresponden a otros animales o son de calidad insuficiente para determinar nada. Ninguna ha superado una revisión independiente, y varias se han identificado como perros o cuoles.
¿Se ha secuenciado el genoma de la especie?
Sí, a partir de ejemplares conservados en colecciones de museo, y ese trabajo es la base de los proyectos que plantean recuperar la especie por ingeniería genética. Conviene no mezclar las dos discusiones: una es sobre si sobrevive, y otra sobre si se puede fabricar algo parecido.
¿Podría estar en una zona a la que no llega nadie?
Las áreas silvestres de la isla son extensas, pero no inaccesibles ni carentes de muestreo: hay estudios de fauna, seguimiento de especies y tránsito humano en casi todas ellas. Un carnívoro de ese tamaño necesita territorio amplio y tiende a cruzar caminos.
¿Por qué siguen apareciendo avistamientos?
Por una combinación de identificación errónea de fauna común en malas condiciones de observación, de expectativa cultural muy arraigada y del efecto de la cobertura informativa sobre la atención. No hace falta suponer mala fe en casi ningún caso.
¿Dónde se consultan los registros de la especie?
Las bases de datos de biodiversidad abiertas, como la infraestructura mundial de información sobre biodiversidad, recogen los registros de museo y las observaciones validadas, y permiten comprobar por uno mismo qué material existe y de qué fecha es.
