Pocos casos de presunto fenómeno paranormal han sido tan investigados, documentados y debatidos como el del llamado «poltergeist de Enfield», ocurrido en una vivienda social del norte de Londres a finales de la década de 1970. Más de cuarenta años después, sigue citándose como ejemplo tanto por quienes defienden la existencia de fenómenos paranormales genuinos como por quienes advierten sobre los riesgos de interpretar demasiado rápido sucesos que, examinados de cerca, admiten explicaciones mucho más terrenales.
Lo que hace especial a este caso no es solo la espectacularidad de lo reportado, sino la calidad y cantidad de la documentación generada en su momento: grabaciones de audio, notas de campo de investigadores profesionales y, décadas después, entrevistas directas con la propia protagonista ya adulta. Pocos casos de poltergeist ofrecen tanto material de primera mano para analizar.
El Reino Unido cuenta, además, con una larga tradición de investigación de fenómenos considerados paranormales, canalizada históricamente a través de organizaciones como la Society for Psychical Research, activa mucho antes de que el caso Enfield ocurriera, lo que explica en parte por qué este episodio concreto recibió una atención investigativa tan sostenida.
Una familia, una casa social y el inicio de los sucesos
Los hechos comenzaron en agosto de 1977 en una vivienda de protección oficial en Enfield, un barrio del norte de Londres, donde vivía la familia Hodgson: una madre soltera y sus cuatro hijos. A lo largo de aproximadamente un año, la familia reportó una serie creciente de fenómenos extraños dentro de la casa, que pronto atrajeron la atención de la prensa británica y, después, de investigadores especializados en fenómenos paranormales.
El foco de la mayor parte de los sucesos reportados fue una de las hijas, de once años, en torno a la cual se concentraron las manifestaciones más llamativas del caso. Esta circunstancia —que el fenómeno se intensifique alrededor de un individuo concreto, generalmente joven— es, como se explora en otro artículo de este sitio dedicado a los poltergeists en general, un patrón que se repite en numerosos casos históricos similares.
Muebles que se movían y una voz gutural
A lo largo del año siguiente, la familia y los investigadores que visitaron la casa documentaron una variedad de fenómenos reportados:
- Muebles que se desplazaban o volcaban sin causa aparente identificable.
- Golpes y ruidos de percusión procedentes de paredes y suelos.
- Objetos que aparentemente cambiaban de posición entre una habitación y otra.
- Una voz profunda y gutural, radicalmente distinta a la voz habitual de una niña de once años, que hablaba a través de la hija menor.
De todos estos elementos, el más inquietante y el que más notoriedad le dio al caso fue precisamente esa voz. Según los testimonios recogidos y las grabaciones de audio realizadas en la propia vivienda, la voz afirmaba ser un antiguo residente ya fallecido de la casa, lo que añadió una capa adicional de misterio a un caso que ya generaba un intenso interés mediático.
Esa voz se convirtió en el elemento central que atrajo a investigadores, periodistas y curiosos a la vivienda de los Hodgson, y es también el fenómeno que, décadas más tarde, inspiraría a los guionistas de Hollywood para llevar el caso a la gran pantalla.
La investigación de la Society for Psychical Research
El caso fue investigado de forma extensa por Maurice Grosse y Guy Lyon Playfair, ambos vinculados a la Society for Psychical Research, una de las organizaciones más antiguas dedicadas al estudio sistemático de fenómenos presuntamente paranormales. Grosse y Playfair pasaron largos periodos en la casa, entrevistando a la familia, instalando equipos de grabación y documentando minuciosamente cada incidente reportado, y posteriormente publicaron extensamente sobre lo que consideraban un caso de excepcional interés dentro de su campo.
La magnitud de la cobertura mediática y de la investigación convirtió a Enfield en, probablemente, el caso de poltergeist más documentado del siglo XX en el Reino Unido. Décadas después, esa notoriedad se renovaría a escala global gracias a la película «The Conjuring 2» (2016), que dramatizó libremente los sucesos para el público del cine de terror, presentándolos con un grado de certeza sobrenatural que la investigación original nunca llegó a establecer de forma concluyente.
Conviene subrayar esta distinción: una cosa es el relato cinematográfico, diseñado para generar tensión narrativa y una resolución clara, y otra muy distinta el expediente real del caso, mucho más ambiguo y contradictorio que cualquier versión de ficción.
Las confesiones que complicaron el relato, y la mirada escéptica de Milbourne Christopher
Con el paso de los años, la propia niña en torno a la cual giró el caso, ya adulta, concedió entrevistas en las que reconoció que ella y su hermana habían fingido al menos parte de los fenómenos reportados, especialmente los efectos físicos como el movimiento de objetos. Según su propio testimonio, ese fingimiento respondió en parte al miedo, al deseo de atención y, en ocasiones, a una simple travesura adolescente frente a la enorme atención que estaban recibiendo.
Sin embargo, su relato no fue una retractación completa. La misma mujer sostuvo también que no todo lo ocurrido en la casa había sido fingido, y que ciertos episodios le resultaron —y le siguen resultando, según sus propias palabras— genuinamente inexplicables. Esta combinación de fraude parcialmente admitido junto a una insistencia en que algo más ocurrió es, precisamente, lo que impide cerrar el caso de forma definitiva en cualquiera de las dos direcciones.
No todos los investigadores que visitaron la casa llegaron, en su momento, a las mismas conclusiones que Grosse y Playfair. El mago e investigador escéptico Milbourne Christopher, conocido por dedicar buena parte de su carrera a examinar desde una perspectiva profesional fenómenos presentados como paranormales, visitó la vivienda de los Hodgson durante el periodo de mayor actividad reportada.
Christopher documentó haber observado a los niños manipulando objetos con sus propias manos en momentos en los que aparentemente creían no estar siendo vigilados, lo que sugiere que, al menos parte del tiempo, los fenómenos «espontáneos» reportados por la familia tenían un origen mucho más mundano: la intervención física directa de los propios protagonistas del caso. Esta observación no invalida automáticamente el resto del expediente acumulado por Grosse y Playfair, pero sí introduce una duda razonable sobre cuántos de los fenómenos «inexplicables» documentados a lo largo de aquel año podrían tener un origen igualmente mundano, simplemente no detectado en el momento por los investigadores presentes.
Un caso genuinamente dividido, no resuelto
Lo más honesto que puede decirse sobre el caso Enfield, casi cinco décadas después, es que sigue siendo un caso formalmente disputado, no un misterio resuelto en ningún sentido. Existe fraude infantil documentado y parcialmente admitido por su propia protagonista; existe también la observación directa de un investigador escéptico que sorprendió a los niños manipulando objetos a mano; y existe, al mismo tiempo, el testimonio sostenido de investigadores como Grosse y Playfair, y de la propia mujer que vivió los hechos, de que no todo puede explicarse únicamente por esa vía.
Enfield no encaja limpiamente ni en la categoría de «fenómeno paranormal confirmado» ni en la de «fraude completo desenmascarado». Es, en cambio, un ejemplo particularmente bien documentado de por qué los casos de presunto poltergeist rara vez ofrecen certezas absolutas, y de por qué conviene tratar con cautela tanto las afirmaciones sobrenaturales categóricas como los desmentidos igualmente categóricos, cuando la evidencia disponible admite matices en ambas direcciones.
Para el lector interesado en la investigación de casos similares, Enfield sigue siendo un ejemplo instructivo de cuánto puede complicarse un caso cuando se dispone de documentación abundante en lugar de un simple relato de segunda mano: cuanta más evidencia directa existe, más matizada —y menos categórica— tiende a resultar la conclusión final.
