Criptozoología andina: criaturas legendarias entre los nevados

Cada vez que vuelvo a Bolivia para una temporada de campo, los lugareños del altiplano me hacen la misma pregunta antes de cualquier otra: «¿Usted ha venido a buscar al ucumar?». La criptozoología andina no es para ellos un género literario ni un ejercicio académico: es la trama narrativa que organiza buena parte de su relación con la cordillera. Lo que en este artículo intento es separar, con honestidad, lo que el folclore ha entregado de lo que la zoología documenta y de lo que aún queda como hipótesis abierta. La criptozoología andina es, sobre todo, una conversación entre disciplinas: antropología, biología de campo, historia oral y, cada vez más, biología molecular.

Cordillera de los Andes envuelta en niebla con bosque montano
El bosque nublado andino, hábitat clave de muchas de las criaturas reportadas por la tradición oral.

Qué se entiende por criptozoología en el contexto andino

El término criptozoología, acuñado en 1959 por el zoólogo belga Bernard Heuvelmans, designa el estudio de animales cuya existencia no ha sido confirmada por la ciencia formal pero sobre los cuales hay testimonios humanos consistentes. Aplicado a los Andes, el término se vuelve particularmente delicado: hablamos de un sistema montañoso de 7.000 kilómetros, con valles aislados, bosques nublados y ecosistemas que aún hoy entregan especies nuevas a la ciencia. Sólo entre 2010 y 2024, expediciones de campo en los Andes han descrito formalmente decenas de especies vertebradas e invertebradas previamente desconocidas. El terreno es, por tanto, propicio: lo que el folclore llama «criatura legendaria» a veces resulta ser, simplemente, una especie todavía no descrita.

El ucumar: el oso andino entre la ciencia y la leyenda

El ucumar, ucumari o jukumari es probablemente el caso más claro de cómo una figura criptozoológica corresponde a una especie real. La etnozoología quechua y aymara describe una criatura grande, peluda, bípeda en ocasiones y con una mancha clara en el pecho. La ciencia identifica al Tremarctos ornatus, el oso de anteojos andino, único úrsido sudamericano. La distancia entre ambas descripciones es menor de lo que parece: el oso de anteojos puede erguirse sobre dos patas durante minutos, su pelaje es notablemente largo en zonas frías y su mancha facial varía individualmente. La leyenda añade comportamientos imposibles —el rapto de mujeres, el habla rudimentaria— pero la base anatómica es sólida.

El chullachaqui: criatura amazónica fronteriza

En la vertiente oriental de los Andes, donde la cordillera entra en la Amazonía peruana y boliviana, el chullachaqui domina las narrativas. Su rasgo identificador es asimétrico: un pie humano y otro deforme, con frecuencia descrito como pie de venado o pezuña invertida. La interpretación antropológica clásica lo lee como guardián del bosque, una figura moral más que biológica. Aun así, los reportes recurrentes de huellas asimétricas en zonas como Madre de Dios o el Beni boliviano han generado una pequeña literatura criptozoológica que se cruza con la primatología regional, dado que el chullachaqui comparte rasgos descriptivos con el llamado mono de Loys, fotografiado en Venezuela en 1920 por François de Loys en una imagen aún debatida.

El mapinguari y la conexión paleontológica

El mapinguari, reportado en la Amazonía sur-occidental y en los piedemontes andinos del lado brasileño y boliviano, es la criatura criptozoológica más interesante para la paleobiología. Su descripción canónica —grande, peluda, con un olor pestilente y, en algunas versiones, un solo ojo— ha sido vinculada por el biólogo David Oren, del Museu Goeldi en Belém, con la posibilidad de un perezoso terrestre superviviente. El Megatherium y otros perezosos gigantes se extinguieron, según el registro fósil, hace unos 10.000 años, pero la región amazónica carece de un registro completo y existen testimonios indígenas que Oren consideró suficientemente consistentes para emprender expediciones de campo entre 1994 y 1999. Ninguna entregó pruebas concluyentes, pero el caso sigue abierto en términos académicos.

La patasola y la fitología sagrada

La patasola, mujer de una sola pierna que habita los bosques de los Andes colombianos y venezolanos, suele leerse como un relato moralizante asociado a la tala forestal y a la transgresión sexual. Lo relevante para nuestro recorrido es que su descripción se ha mantenido estable durante al menos cuatro siglos: hay menciones en crónicas coloniales del siglo XVII y testimonios contemporáneos que mantienen los mismos rasgos esenciales. Esa estabilidad narrativa es, en sí misma, un dato etnográfico valioso, aunque no zoológico.

Testimonios documentados: el archivo de Bernard Heuvelmans

El propio Heuvelmans, en su obra Sur la piste des bêtes ignorées (1955), dedicó un capítulo entero a los Andes. Sus fuentes principales fueron las crónicas del padre José de Acosta (siglo XVI), las observaciones del naturalista francés Alcide d’Orbigny (1830) y los reportes de la expedición sueca de Erland Nordenskiöld (1908-1909). Acosta describe «un animal mayor que oso pardo, con el rostro de hombre», d’Orbigny refiere huellas «de simio» en la Cordillera Real boliviana y Nordenskiöld documenta testimonios consistentes entre comunidades chiriguanas. La crítica histórica posterior ha matizado estas fuentes —las traducciones interpretativas son frecuentes— pero el corpus archivístico es genuino y accesible en la Biblioteca Nacional de Bolivia. Una parte significativa del archivo personal de Heuvelmans, incluida correspondencia y fichas de trabajo, se conserva hoy en el Musée cantonal de zoologie de Lausana, donde investigadores como Susanne Ebersbach han contribuido a sistematizar el material.

El criterio biológico: qué haría falta para confirmar una especie

La zoología actual exige tres elementos para describir formalmente una especie nueva: un espécimen tipo (vivo o muerto), una descripción anatómica detallada y una secuencia genética asignada a un repositorio público como GenBank. La criptozoología andina rara vez aporta el primero. Las evidencias circunstanciales —huellas, vocalizaciones grabadas, restos pilosos— pueden alimentar hipótesis pero no confirman especies. En los últimos diez años, la genética ambiental (eDNA), que detecta material genético en muestras de agua o suelo, ha entrado en este terreno con resultados ambivalentes: ha permitido confirmar la presencia de especies raras, pero ha desmentido también varias atribuciones criptozoológicas de los lagos altoandinos.

El hombre del lago Titicaca: caso emblemático de descarte

Durante décadas, los testimonios de una criatura grande en el lago Titicaca alimentaron una pequeña tradición criptozoológica binacional, peruana y boliviana. Las expediciones de muestreo de eDNA realizadas entre 2018 y 2023 por equipos del Instituto del Mar del Perú y la Universidad Mayor de San Andrés no detectaron material genético compatible con vertebrados de gran tamaño no conocidos. La rana gigante del Titicaca (Telmatobius culeus), espécimen real y endémico, sí aparece en las muestras y ha sido en parte responsable de muchos avistamientos a distancia, dado que algunos ejemplares superan el medio kilo de peso y los 50 centímetros con las patas extendidas.

El Sajama y los reportes de luces inexplicadas

No toda la criptozoología andina trata de seres vivos. En las laderas del Sajama, en el departamento boliviano de Oruro, los testimonios de luces que ascienden y descienden por la pared sur del volcán constituyen un corpus folclórico estable desde, al menos, la década de 1930. Geólogos del Servicio Geológico de Bolivia han propuesto explicaciones piezoeléctricas: el roce de la nieve sobre afloramientos de cuarzo bajo determinadas condiciones de presión puede generar emisiones luminosas breves, fenómeno documentado en otras montañas del mundo. La interpretación folclórica los identifica con achachilas, espíritus tutelares de la montaña.

El papel del bosque nublado en la persistencia de mitos zoológicos

El bosque nublado andino es, ecológicamente, una de las regiones más biodiversas y peor cartografiadas del planeta. La conjunción de niebla persistente, pendientes pronunciadas y ausencia histórica de caminos consolidados ha permitido que poblaciones humanas y animales convivan con un grado de aislamiento poco común. No es casualidad que muchas criaturas legendarias andinas se sitúen en este ecotono específico, entre los 1.500 y los 3.000 metros, donde la visibilidad raramente supera los 30 metros. Las condiciones perceptivas favorecen la ambigüedad, y la ambigüedad alimenta el relato.

Un caso reciente: el «oso negro» del Cajas, Ecuador, 2022

En septiembre de 2022, una cámara trampa instalada por el Parque Nacional Cajas, en la provincia ecuatoriana del Azuay, registró una silueta cuadrúpeda oscura cuya identificación generó debate entre los biólogos del parque. Tras análisis morfométricos publicados en la revista Mammalia, el animal fue identificado provisionalmente como un ejemplar adulto y atípico de oso de anteojos con coloración melánica, no como una especie nueva. El caso es ilustrativo del proceso correcto: testimonio, registro audiovisual, análisis técnico y publicación revisada por pares.

Cómo distinguir un testimonio criptozoológico útil

Para quien quiera evaluar críticamente un testimonio andino sobre una criatura no descrita, conviene aplicar tres filtros. El primero: detallar la geografía exacta, hora del día y condiciones meteorológicas, porque muchos avistamientos se producen en condiciones perceptivas comprometidas. El segundo: verificar si la descripción corresponde con alguna especie ya documentada en variantes de pelaje, edad o comportamiento. El tercero: registrar evidencia tangible —huellas con escala, fotografías con metadatos, muestras pilosas conservadas en frío— que pueda someterse a análisis posterior.

Implicaciones para la conservación

La criptozoología responsable converge con la conservación cuando los testimonios apuntan a especies raras. La búsqueda del mapinguari, sin entregar el animal del relato, ayudó a documentar áreas de alta biodiversidad del sur de la Amazonía peruana que hoy forman parte de la Reserva Comunal Amarakaeri. Algo similar ocurre con expediciones recientes en busca del ucumar atípico en la Cordillera Real, que han generado datos sólidos sobre la distribución actual del oso de anteojos, especie clasificada como vulnerable en la literatura criptozoológica revisada y por la Lista Roja de la UICN.

Casos contemporáneos documentados (2020-2025)

El último lustro ha entregado tres casos andinos especialmente útiles para distinguir folclore de zoología emergente. En 2021, biólogos del Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre del Perú (SERFOR) documentaron, mediante cámaras trampa instaladas en la cuenca del Apurímac, ejemplares de gato andino (Leopardus jacobita) en altitudes superiores a los 4.500 metros, especie que durante años había sido confundida en testimonios locales con un felino mítico llamado «titi» u «osjo». En 2023, un equipo dirigido por el ornitólogo argentino Juan Carlos Reboreda publicó en Journal of Field Ornithology un registro acústico estable de una población hasta entonces no descrita de tapaculos en la vertiente oriental de la Cordillera de Vilcanota, Cuzco; los pobladores la asociaban con una «voz del cerro» que respondía al silbido humano. Y en 2024, el biólogo peruano Javier Barrio, en colaboración con la Frankfurt Zoological Society, confirmó por foto-trampeo la presencia del tapir de montaña (Tapirus pinchaque) en una zona del Manu donde la especie no se reportaba desde 1976. Tres casos que comparten un patrón: testimonio comunitario previo, registro técnico posterior, validación por publicación revisada por pares.

Oso de anteojos (Tremarctos ornatus), única especie de úrsido sudamericano y base biológica del ucumar andino
El oso de anteojos (Tremarctos ornatus), referente real detrás de la figura del ucumar. Foto: Wikimedia Commons CC BY-SA.

Metodología de campo: del testimonio a la evidencia

El protocolo que aplico desde 2014 en mis temporadas en Bolivia y Perú —y que comparto en clase con estudiantes de antropología en la UNAM— se ordena en cuatro etapas. La primera es la entrevista etnográfica abierta, sin guion fijo, que permite al informante organizar su relato según las categorías propias de su comunidad; trabajamos con grabación consentida y devolución posterior de transcripciones. La segunda es la georreferenciación: cada avistamiento se sitúa con GPS de mano, se anota la altitud, la fenología vegetal del entorno y, cuando es pertinente, la fase lunar y las condiciones de visibilidad. La tercera es la verificación cruzada con literatura zoológica regional: en mi escritorio conviven la Mammals of South America de Patton, Pardiñas y D’Elía y los catálogos del Museo de Historia Natural Alcide d’Orbigny de Cochabamba. La cuarta etapa, opcional pero decisiva, es el muestreo: huellas con regla, fotografías con metadatos EXIF intactos, muestras de pelo o heces conservadas en etanol al 95% para análisis genético en colaboración con laboratorios universitarios. Lo que distingue un testimonio criptozoológico útil de una anécdota difusa es, casi siempre, la disciplina con que se documenta la primera vez.

Conservación: cuando el críptido es una especie real

Si algo ha aprendido la criptozoología responsable en los últimos veinte años es que sus mejores aportaciones rara vez consisten en confirmar el monstruo del relato. Consisten en utilizar la energía narrativa del relato para proteger lo que sí existe. El oso de anteojos, base biológica del ucumar, está clasificado como Vulnerable en la Lista Roja de la UICN, con poblaciones fragmentadas a lo largo de los Andes desde Venezuela hasta el norte argentino; las campañas de educación ambiental que lo presentan como «el ucumar verdadero» han reducido las muertes por represalia ganadera en al menos cuatro comunidades aymaras del altiplano boliviano, según datos del programa Andean Bear Conservation Alliance publicados en 2023. La rana gigante del Titicaca enfrenta una amenaza aún más severa por contaminación lacustre y captura para consumo, y el discurso criptozoológico binacional ha contribuido, paradójicamente, a su visibilidad mediática. Algo análogo sucede con el cóndor andino y con el huemul del sur, cuyas figuras simbólicas en el folclore han facilitado financiamiento para programas binacionales de conservación. Cuando la criptozoología funciona bien, el críptido se vuelve embajador involuntario del ecosistema que lo aloja.

Lo que queda por explorar

El cierre honesto de este recorrido no es una afirmación rotunda. Hay zonas de los Andes —el Madidi boliviano, el Manu peruano, los páramos del norte ecuatoriano— donde la combinación de inaccesibilidad geográfica y riqueza biológica permite afirmar, sin sensacionalismo, que la lista de mamíferos y aves de la región todavía no está completa. Que aparezca una especie inesperada en los próximos años no sería extraordinario; lo extraordinario sería que correspondiera, exactamente, con alguna de las descripciones canónicas del folclore. La criptozoología andina seguirá ocupando ese terreno fronterizo entre la cultura viva y la biología que aún se hace, y precisamente por eso merece ser tratada con rigor y con respeto.

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Alma Velázquez es licenciada en Antropología por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y especialista en folclore mesoamericano. Ha investigado mitología nahua, mapuche y andina durante quince años, y publica análisis críticos sobre criptozoología y leyendas urbanas con base académica.

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