En 1979, el entonces decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Princeton, Robert G. Jahn, abrió un laboratorio para investigar una pregunta que ningún otro decano de ingeniería de una universidad de ese nivel había planteado con recursos propios: si la intención humana podía alterar, aunque fuera de forma mínima, el comportamiento de una máquina que generaba resultados al azar.
El laboratorio, conocido como PEAR por sus siglas en inglés, funcionó durante veintiocho años dentro de la propia Facultad de Ingeniería, acumulando una de las bases de datos más extensas jamás reunidas sobre un supuesto efecto de la mente sobre la materia. Cerró en 2007 sin que la comunidad científica aceptara el efecto como real.
Lo interesante del caso no es solo el resultado final, sino el proceso: pocas veces un fenómeno de este tipo se sometió a tanto rigor instrumental y a un intento tan explícito de réplica internacional antes de cerrarse el debate.
Un laboratorio de ingeniería dedicado a probar la mente
Que el proyecto naciera dentro de una facultad de ingeniería, y no de un departamento de psicología o de física, no fue casual. Jahn defendía que el fenómeno, si existía, debía tratarse como un problema de ingeniería de sistemas: definir con precisión la señal que se buscaba, construir un instrumento capaz de detectarla y aplicar el mismo estándar estadístico que se exigiría a cualquier otra medición técnica.
Junto a Jahn trabajó durante toda la vida del proyecto Brenda Dunne, responsable de buena parte del diseño experimental y de la gestión diaria del laboratorio. Entre ambos definieron un programa de trabajo centrado casi por completo en un tipo de dispositivo: el generador de eventos aleatorios.
La posición académica de Jahn, respetado dentro de su especialidad de propulsión aeroespacial antes de dedicarse a este proyecto, le permitió sostener la investigación dentro de la universidad durante casi tres décadas, algo prácticamente inédito para un programa de este tipo, que en la mayoría de los casos queda relegado a organizaciones privadas sin vínculo universitario directo.
Qué medía exactamente el experimento del generador aleatorio

El diseño básico era sencillo de describir. Un generador electrónico producía una secuencia de unos y ceros determinada por un proceso físico aleatorio, similar al que se usa en otros contextos donde se necesita azar genuino. En ausencia de cualquier influencia externa, la proporción esperada de unos y ceros debía acercarse al cincuenta por ciento.
A un voluntario, llamado operador en la terminología del laboratorio, se le pedía que se concentrara en desviar mentalmente esa proporción en una dirección concreta, por ejemplo hacia más unos que ceros, durante una serie de ensayos cronometrados. Los resultados se registraban y se comparaban después con la distribución esperada por puro azar.
El mismo esquema se aplicó también a un dispositivo mecánico de cascada, en el que centenares de bolas caían por una red de obstáculos hasta formar una distribución en forma de campana, y se pedía al operador que intentara sesgar esa distribución hacia un lado.
El generador de cascada, el otro experimento del laboratorio
El dispositivo de cascada tenía una ventaja divulgativa sobre el generador puramente electrónico: su resultado era visible a simple vista. Cualquier persona podía observar cómo las bolas se acumulaban formando la característica curva en forma de campana, y comparar esa curva con la que se obtenía cuando el operador intentaba sesgarla mentalmente hacia la izquierda o hacia la derecha.
Esa visibilidad convirtió al dispositivo en la pieza más fotografiada y más citada en la cobertura periodística del laboratorio, aunque desde el punto de vista estadístico aportaba los mismos problemas de interpretación que el generador electrónico: un efecto muy pequeño, difícil de separar de sesgos mecánicos sutiles en la caída de las bolas o en la disposición de los obstáculos.
El proyecto PEAR, treinta años después
Con la distancia que dan casi cuatro décadas desde su fundación, el proyecto PEAR se recuerda hoy menos por lo que demostró que por el volumen de datos que dejó y por la forma en que la comunidad científica terminó de cerrar el caso.
A lo largo de sus veintiocho años de actividad, el laboratorio acumuló millones de ensayos individuales y miles de millones de bits binarios registrados, una cantidad de datos muy superior a la de cualquier otro estudio de parapsicología experimental conocido hasta entonces.
Ese volumen es, precisamente, la razón por la que el caso sigue citándose: con una muestra tan grande, incluso una desviación diminuta respecto al azar podía alcanzar significación estadística sin que eso implicara necesariamente un efecto real de magnitud relevante.
Las cifras que dejó veintiocho años de ensayos
El propio equipo de PEAR publicó a lo largo de los años un efecto agregado consistente pero extremadamente pequeño, del orden de una fracción de punto porcentual por encima del cincuenta por ciento esperado por azar.
Ese tamaño de efecto es la clave de toda la controversia posterior. Un efecto tan pequeño exige, para poder afirmarse con confianza, un control extraordinario sobre cualquier sesgo instrumental, por mínimo que sea, porque una desviación mecánica del propio generador de la misma magnitud produciría exactamente el mismo resultado sin que hiciera falta ninguna intención mental.
Un efecto minúsculo y por qué el tamaño importa tanto
En física y en ingeniería de instrumentación es habitual dar por buena una máquina que se comporta de forma perfectamente aleatoria dentro de un margen de tolerancia. Si ese margen de tolerancia es del mismo orden que el efecto que se busca detectar, el propio instrumento se convierte en la explicación más probable de cualquier desviación observada.
Los críticos del proyecto insistieron durante años en este punto concreto: no hacía falta invocar ninguna capacidad mental extraordinaria para explicar el resultado si el generador, por diseño electrónico, tenía un sesgo de fábrica de esa misma magnitud.
Los ensayos a distancia y fuera de tiempo
Una parte menos conocida del programa experimental de PEAR consistió en pedir a los operadores que intentaran influir en el generador desde ubicaciones remotas, a veces a cientos o miles de kilómetros de distancia del laboratorio, e incluso en sesiones en las que la intención se registraba antes o después del momento real de funcionamiento del generador.
El equipo defendió que estos ensayos a distancia y desplazados en el tiempo arrojaban resultados de magnitud parecida a los ensayos presenciales, una afirmación que resultó todavía más difícil de aceptar para la comunidad científica que el efecto básico, porque implicaba prescindir también de cualquier mecanismo físico conocido de transmisión de la señal.
Este tipo de ensayo, más que reforzar la credibilidad del hallazgo original, terminó siendo uno de los puntos que más alejó al proyecto del resto de la física experimental, al proponer un efecto que no solo violaba la relación esperada entre causa y magnitud, sino también el orden habitual entre causa y efecto en el tiempo.
La réplica con Alemania que cambió la lectura del caso
El episodio más decisivo para entender qué quedó del proyecto no ocurrió en Princeton, sino en un intento explícito de replicación conjunta con dos laboratorios universitarios alemanes, en Friburgo y en Giessen, publicado alrededor del año 2000.
El diseño del experimento conjunto se acordó de antemano entre los tres equipos, usando el mismo protocolo y el mismo tipo de generador, precisamente para evitar la crítica de que las diferencias de método explicaran las diferencias de resultado.
El resultado fue asimétrico: el laboratorio de Princeton siguió registrando una desviación pequeña pero consistente con lo publicado en años anteriores, mientras que los dos laboratorios alemanes, trabajando con el mismo protocolo acordado, no encontraron un efecto estadísticamente significativo.
Esa asimetría es la que sostiene la idea de que el efecto, si existía, dependía de algo específico del entorno de Princeton —desde el diseño concreto del hardware hasta la forma de analizar los datos— y no de una capacidad mental generalizable que cualquier laboratorio bien diseñado debería poder detectar.
Las críticas estadísticas que pesaron más
Además del problema de la réplica, el proyecto recibió críticas metodológicas centradas en la forma de analizar un volumen de datos tan grande. Entre ellas, la posibilidad de que se hubieran probado distintas formas de agrupar y de puntuar los ensayos hasta encontrar la que arrojaba el resultado más favorable, un riesgo bien conocido en cualquier análisis estadístico con muchos grados de libertad.
Investigadores independientes, entre ellos el físico Stanley Jeffers en la Universidad de York, en Canadá, intentaron reproducir el tipo de efecto descrito por PEAR con sus propios generadores y no encontraron una desviación significativa respecto al azar, un resultado que se sumó a la lista de intentos de replicación externa sin éxito.
Otros análisis estadísticos posteriores, revisando el conjunto acumulado de datos publicados por el propio laboratorio, señalaron que una fracción desproporcionada del efecto total procedía de un número reducido de operadores con muchísimas más sesiones registradas que el resto, un patrón que en cualquier otro campo experimental habría exigido una explicación aparte antes de generalizar la conclusión a toda la muestra.
Lo que la caja del generador podía esconder

Uno de los debates técnicos más finos del caso tuvo que ver con el propio diseño del hardware. Los generadores basados en procesos físicos, como el ruido electrónico o la desintegración radiactiva, pueden presentar sesgos sutiles derivados de la temperatura, del envejecimiento de los componentes o de un procesamiento posterior de la señal que no elimina del todo un patrón no aleatorio.
Detectar un sesgo de esa magnitud exige un protocolo de calibración muy estricto y auditorías independientes del propio instrumento, no solo del análisis estadístico posterior. Parte de la crítica al proyecto se centró justamente en si esas auditorías fueron suficientemente exhaustivas antes de dar por buenos los resultados.
El propio equipo de PEAR reconoció en sus publicaciones haber sustituido varias veces el diseño del generador a lo largo de los años, precisamente para descartar sesgos de hardware detectados en versiones anteriores, un proceso de mejora continua que, paradójicamente, también dificulta comparar los resultados obtenidos con un modelo de generador con los obtenidos años después con otro modelo distinto.
El cajón de los resultados que no se publicaron
Otro factor que preocupó a los evaluadores externos fue la posibilidad de que existieran series de ensayos con resultado nulo que no llegaran a incorporarse al análisis final con el mismo peso que las series con resultado positivo, un sesgo de publicación bien documentado en muchos campos de la investigación experimental.
El propio equipo de PEAR defendió que su protocolo de registro incluía todos los ensayos realizados, pero la revisión externa de ese protocolo nunca despejó del todo la duda entre la comunidad científica más escéptica.
Esta sospecha se agrava por el hecho de que buena parte de los ensayos se realizaron durante años sin un registro público previo del número exacto de sesiones planificadas, algo que la investigación clínica moderna exige de forma sistemática precisamente para evitar este tipo de duda a posteriori.
Por qué cerró en 2007 y qué queda de aquello
El laboratorio cerró oficialmente en febrero de 2007, coincidiendo con la jubilación de Robert Jahn. En ese momento, veintiocho años después de su fundación, ningún organismo científico de referencia había aceptado el efecto descrito como un fenómeno establecido, y la réplica alemana seguía siendo el argumento más citado en contra.
Parte del equipo y del archivo de datos continuó su actividad bajo otra organización dedicada a la investigación de fenómenos anómalos, aunque sin el respaldo institucional de una universidad de primer nivel que había caracterizado los años de Princeton.
El cierre coincidió con la jubilación de su fundador y no con una decisión previa de retirar el respaldo de la propia facultad, una distinción que defensores y críticos del proyecto han interpretado después de forma muy distinta según la lectura que prefieran hacer del caso.
Lo que queda del caso, más allá de la conclusión final, es un ejemplo poco frecuente de cómo tratar con rigor experimental una hipótesis extraordinaria: protocolo explícito, volumen de datos enorme y un intento serio de réplica cruzada entre laboratorios, algo que rara vez ocurre con este tipo de afirmaciones.
Comparado con otros episodios de parapsicología experimental de la misma época, como los intentos de percepción extrasensorial de décadas anteriores, el caso PEAR destaca precisamente por haber llegado hasta el final del proceso científico habitual: hipótesis, medición, réplica cruzada y conclusión pública, en lugar de quedar suspendido en una discusión abierta sin cierre claro.
| Elemento | Dato |
|---|---|
| Fundación | 1979, Universidad de Princeton |
| Cierre | 2007 |
| Efecto reportado en Princeton | Pequeño y consistente, del orden de una fracción de punto porcentual |
| Réplica en Friburgo y Giessen | Sin efecto significativo |
| Réplica en la Universidad de York | Sin efecto significativo |
Preguntas frecuentes
¿Se ha vuelto a intentar un experimento parecido al de PEAR?
Sí, con generadores aleatorios en distintos laboratorios y con proyectos de recopilación de datos a gran escala, sin que ninguno haya obtenido un respaldo suficiente para que la comunidad científica acepte el efecto como establecido.
¿Por qué se dice que el efecto fue estadísticamente significativo si nadie lo aceptó como real?
Porque significación estadística y relevancia práctica son cosas distintas. Con millones de ensayos, una desviación mínima puede resultar estadísticamente significativa sin que eso demuestre que la causa sea la intención mental y no un sesgo instrumental.
¿Qué pasó con Robert Jahn y Brenda Dunne tras el cierre?
Ambos continuaron vinculados a la investigación de fenómenos anómalos fuera del marco universitario de Princeton, a través de otra organización dedicada a este tipo de estudios.
¿La réplica alemana usó exactamente el mismo protocolo que Princeton?
Se diseñó de forma conjunta entre los tres equipos precisamente para minimizar diferencias de método, lo que hace más difícil atribuir la falta de réplica a un simple problema de diseño experimental distinto.
¿Qué lección deja el caso para otros estudios de fenómenos anómalos?
Que un volumen de datos enorme no sustituye a la réplica independiente, y que un efecto real debería sostenerse con protocolos idénticos en manos de equipos distintos, algo que en este caso no ocurrió.
¿Existe algún archivo público con los datos originales del proyecto?
Parte del material se publicó en revistas especializadas a lo largo de los años de actividad del laboratorio, aunque no existe un repositorio único y completo de todos los ensayos individuales realizados durante las tres décadas de funcionamiento.
